08/11/2026

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Waterloo sin Wellington a la vista

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Me gustaría responder igual que Zhou Enlai a la pregunta de Henry Kissinger en 1972 respecto al impacto de la revolución en Francia: “Demasiado temprano para valorarlo”. Pero, otra vez, no puedo con mi genio.

En vísperas del Súper Martes pasado aludí a que la derrota republicana era cantada. Previsible como casi siempre ocurrió con todos los oficialismos. No news.

El registro electoral de los últimos 50 años es contundente: el castigo es la regla y solo importa la diferencia que lo excede.



Y esta vez sí que la hubo: los demócratas se quedaron con el Senado, 54 a 44 con dos bancas todavía sin definir, y con Representantes (nuestro diputados), además de dar vuelta distritos donde Trump obtuvo antes más de 10 puntos, mencionados en el punto 7 de aquella columna.

Aparece entonces la tentación del analista apurado: compararlo con Obama 2010. También perdió la Cámara, y él mismo habló de una paliza.

Pero no son equiparables. Obama perdió con una ola a sus espaldas, la de 2008, y un horizonte por delante: una posible reelección en 2012. En aquel momento, su derrota era un recreo entre dos elecciones propias.



A Trump no le queda ni lo uno ni lo otro: ganó en 2024 con la mayoría más ajustada en Diputados desde 1930 y la Constitución le cierra la reelección. Para ser más claro: Trump huele a cala.

En La última tachuela insistí con que la ola trumpista estaba rompiendo. Faltaba saber sobre qué y ahora lo sabemos: esta ola rompe sobre un castigo sin ola previa y sin próximo examen posible.

Sin horizonte

Los presidentes aprenden de los medios términos cuando tienen algo que perder. Clinton giró después de 1994 y Obama negoció después de 2010, porque los dos tenían una próxima elección que ganar.



El castigo funciona como maestro solo si el alumno vuelve a rendir.

Trump no puede ni le da la nafta, hoy a precio de oro por su ruinosa intervención en el Estrecho de Hormuz, para volver a ponerse a prueba. ¡Sacá del medio versus Lula, Donald!

El mensaje de las urnas le llega a quien no tiene incentivo para leerlo, y al que sí tendría incentivo, el partido, le llega sin intermediario y en medio de un estado de deliberación abierto por el propio vicepresidente JD Vance.



Mi consejo argentino queridos republicanos: fogueen candidatos jóvenes para, tras una parada previa en 2028, jugar a fondo en 2032.

Y el dato para ese lector ya está en el punto 9 de Súper Martes Guía Práctica: ¿abrazo del oso o paraguas?

Paxton (Texas) y Whatley (North Carolina), que se pegaron a Trump, cayeron unos 25 puntos contra la diferencia de 2024. Hinson (Iowa), Sununu (New Hampshire) y Collins (Maine), que marcaron distancia, cayeron entre casi nada y 17.



El diferencial existe, aunque no es limpio: Paxton carga con escándalos propios y Collins tiene marca personal en Maine. Hablando mal y pronto, ya llegaban flojos de papeles por la propia.

Queda entonces una escena rara: un presidente que no puede aprender y un partido que ya sabe qué le costó pegarse a él, sin saber todavía cómo despegarse.

Sin líder

Obama 2008 tenía rostro. La ola de entonces era él, y por eso 2010 fue una paliza a alguien. La de 2026 no tiene dueño, aún.



Es el caso de manual de lo que planteaba hace un tiempo en El Partido del Vacío: mucha sociedad, poco palacio.

Millones de votos que castigan sin que ningún nombre propio los ordene.

El palacio de enfrente, el del oficialismo, sigue ocupado, y el de la oposición está vacío de comando.



Por otra parte, el punto 10 de Súper Martes Guía Práctica preguntaba si ganarían los progresistas surgidos de primarias o los veteranos moderados. Ganaron los dos.

Cooper (North Carolina) y Ossoff (Georgia), clásicos, con un swing enorme. El-Sayed, del ala progresista, en Michigan. Talarico, en Texas, que no cabe en ningún casillero. Una ola con muchos rostros y ninguna cara.

La naturaleza política aborrece el vacío, y la prensa también: si no hay líder, se fabrica uno. Ya apareció el candidato.



Ossoff como prueba

El titular ya está: The Independent lo coronó “el próximo Obama” (¿mufa nivel Rabino Bergman?) y claro favorito para 2028. Si la ola no tiene líder, la prensa lo fabrica a la velocidad de la noche electoral.

Tal como ocurre aquí en Argentina donde todos los días nos desayunamos con nuevos nombres en la carrera electoral 2027: Uñac, Hadad, Brito, Gebel, Los Passaglia, Melconian y continúan las firmas.

Ojo: a diferencia de esos globos de ensayo criollos, el dato duro es real: Ossoff ganó Georgia por 18, en un estado que Trump había ganado por poco hace dos años. Un swing de unos 20 puntos.



  • Ossoff es además un símbolo regional. En el estado donde lincharon a Leo Frank en 1915, un judío reformista bar mitzvá en un templo bombardeado, ganó por 18 con la Biblia de un rabino aliado de King.

No obstante, un titular no es una encuesta, y 2028 queda a dos años.

Aquí bien vale recordar: en noviembre de 2006, la favorita para 2008 era Hillary Clinton, pero un senador negro por Illinois tenía mejores planes. Ungir rápido suele ser un síntoma de que no hay líder, no una solución.

Sirve entonces como prueba en dos sentidos. Confirma el vacío, porque nadie fabricaría un heredero con tanta prisa si lo hubiera.



Y aporta una pista sobre qué gana en esta ola: perfil con marca propia, antes que una etiqueta ideológica.

Ossoff, Cooper y Talarico no se parecen entre sí, y los tres arrasaron. ¿Llenan el vacío o es el vacío buscando cara?



La cadena y el horizonte, a modo de epílogo

En Súper Martes Guía Práctica escribí que un castigo normal no alteraría el vínculo y que uno excesivo, con Senado demócrata incluido, sí. Ocurrió lo segundo.

La cadena no se corta. El swap depende del Tesoro, y el Tesoro sigue en manos de Trump hasta enero de 2029. Por si hace falta aclararlo mejor: Trump es un cadáver legislativo, pero no un cadáver administrativo: muerto para el Congreso, vivo para la lapicera.



Los padres fundadores de Estados Unidos diseñaron un Ejecutivo con energía propia (El Federalista n.° 70), y Juan Bautista Alberdi hizo lo propio en el modelo constitucional argentino: un presidente como una suerte de Dios en la tierra, para países nuevos que necesitaban salir rápido de la barbarie y el atraso.

Por eso un presidente derrotado en las urnas sigue firmando. Pero la lapicera tiene límite: desde enero, el Congreso puede investigarlo, apretarle el presupuesto y, con dos tercios, pasar por encima de sus vetos.

Lo que se afloja, desde enero, es el resto: un presidente sin horizonte, un Congreso hostil que mira con lupa a los aliados que su presidente rescató, y un cálculo de Washington que ya no incluye a nadie para quien Milei sea una inversión.



Hay una asimetría rara. Milei sí tiene un horizonte, 2027, aunque hoy cada día más lleno de nubarrones, empezando por donde juega de local y a donde apuntó su campaña de seducción con casi 20 viajes y un equipo económico repleto de ex JP Morgan’s: Wall Street.

En esa cancha, nuestro presidente les habla con el corazón, con el RIGI inclusive, pero los calculadores y desalmados Gordon Gekko de Manhattan le contestan con el riesgo país ayer pisando los 950 puntos.

Si semejante performance no tiene explicación en los fundamentos económicos de su programa, ¿no será que el tan mentado “riesgo kuka” es en realidad el riesgo Trump?



Es decir, el hecho de estar amarrado como una sanguijuela a alguien que no tiene horizonte y supervivencia alguna.

Es la imagen que planteaba en Milei, el tercer cometa (21 de septiembre): cabalgar el cometa es no poder bajarse sin que las fauces se cierren.



Ahí mismo anticipé que las midterms amenazaban con debilitar seriamente a Trump. La apuesta de fondo, en cambio, ya estaba en Milei, estrella 51 (2024).

Más aún, en “El fin del sueño americano (2024)” escribí que la restauración de Trump prometía algo imposible de resucitar.



Dos años después, la ola sin horizonte es la forma que toma ese entierro: Michigan y Ohio, que el tablero marcaba como termómetro, no lo desmienten.

Y por si ello fuera poco, a fin de mes llega León XIV, quizás con La Última Tachuela en el equipaje, la que clavó con sus propias manos siendo el primer Papa en participar (y gritarlo a los cuatro vientos) en un proceso electoral.

¿Pero no era que “mi reino no es de este mundo” como dice Juan 18:36? ¡De acá que no es de este mundo!



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Crédito de la fuente original: eleconomista.com.ar

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