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“Me encanta el olor del napalm por la mañana…” Simplemente por aquella frase ya se había ganado un lugar en la historia del cine. Allí, como el capitán Kilgore, con una actuación de apenas 30 minutos, formó parte de una de las grandes películas de la historia -Apocalypse Now, de Coppola- y así Robert Duvall se iba haciendo un nombre entre los principales actores de su época. Pero hubo mucho Duvall antes (por ejemplo, El Padrino poco tiempo antes) y hubo mucho Duvall después, como actor -llegó a ganar un Oscar por su protagónico en El precio de la felicidad- y también como director, donde estuvo al frente de cinco películas, una de ellas dando lugar a su pasión por el tango y por la Argentina (Assination Tango), el país de su cuarta y última mujer, Luciana Pedraza. Vino con frecuencia a nuestro país, donde también hizo inversiones y filmó (El hombre que capturó a Eichmann y La peste, de Puenzo, entre otras).
Aquellas películas de Coppola lo elevaron a la fama, además de candidatearlo al Oscar por su rol de Kilgore. También recibió otras nominaciones, como actor principal, por El Gran Santini y su propia película El Apóstol, y como actor de reparto por Civil Action. Y en 2015 volvió a ser nominado por El juez, un drama protagonizado por Robert Downey Jr., en el que Duvall tenía un personaje a su medida: un juez en su etapa final, decadente, que después de años de aplicación de la ley se encuentra ante un tribunal acusado de homicidio imprudente.
Duvall trabajó en cuatro de las grandes películas de Coppola -El Padrino 2 y La conversación, además de las ya mencionadas- y siempre aseguró que fue uno de los directores que marcaron su carrera: “Coppola nos lanzó a todos, fue el catalizador de una generación entera de actores. Le debemos mucho”.
Un crítico sintetizó que “el ala dura de los fans del Robert Duvall actor seguramente preferirán ‘El padrino’, pero para las masas, y para la historia, quedará ese secundario impecable de Kilgore que adoraba el olor a napalm por la mañana y que se embriagaba con el inconfundible aroma de la victoria”.
Otro apuntó: “Su estilo, forjado en su mayoría a través de personajes recios e impulsivos, fueron posicionándolo como un actor de carácter y en una imagen de “americano rudo”, por lo cual era (y aún es) común verlo en desempeños de militar, vaquero, hombre de negocios y viejo “cascarrabias”, aún así demostrando una avasallante versatilidad que lo llevaría a ser uno de los histriones americanos más reconocidos a nivel internacional, incluso cuando traspasó dicha faceta hacía una muy fugaz como director.
Duvall había nacido el 5 de enero de 1931 en San Diego, California. Su padre William Howard Duvall -de ascendencia francesa- llegó a almirante en la Armada estadounidense. Pero la madre de Robert Duvall, descendiente del general Lee, fue actriz aficionada y de allí nació la vocación…
Aunque el almirante quería que su hijo siguiera sus pasos, Duvall tenía en claro que no quería dedicar su vida al servicio militar. A mediados de los años 50 comenzó a llevar a cabo estudios de interpretación en una escuela de teatro en Nueva York que compatibilizaba con otros trabajos, y allí coincidió con otros actores que también se acabarían convirtiendo en estrellas, como Dustin Hoffman y el recientemente fallecido Gene Hackman.
Cuando fue homenajeado por su trayectoria en el Festival de San Sebastián, en 2003, el premio Donostia se lo entregó un argentino: Federico Luppi. Y allí Duval aseguró que “si no hubiese sido actor habría sido vaquero. Pero mi familia siempre impulsó mi carrera, tuve mucha suerte”. Y sobre su recordado debut en la aclamada Matar a un ruiseñor (1962) apuntó: “Me vieron haciendo de borracho en una obra de teatro y me eligieron, era un papel muy pequeño, pero desde entonces no he parado”.
Los primeros trabajos como actor de Robert Duvall fueron en teatro y posteriormente también pequeñas apariciones en series de televisión en los años 60. A lo largo de sus más de seis décadas como intérprete, Duvall apareció en más de 100 películas, entre las que se encuentran grandes títulos de la historia del cine: a las ya mencionadas, dirigidas por Coppola, hay que agregarles Mash y Network, entre las obras maestras.
En algún momento se hizo fama de “duro” por su participación en importantes westerns pero luego fue un actor versátil, diverso, abierto. Joe Kidd con Clint Eastwood y Temple de acero con John Wayne -quien ganó allí el único Oscar de su carrera- fueron algunas de las películas dentro del género. Sin embargo consideró: “El mejor western que hice es la miniserie Lonesome Dove, basada en la novela de Larry McMurtry. Los demás no me gustan mucho. Joe Kidd era más o menos. El director, John Sturges, era muy bueno, pero no me la acuerdo como nada especial. Y Temple de acero era horrible. John Wayne estaba OK, pero el director era el peor del mundo, Herny Hathaway”.
El Oscar al mejor actor le llegaría por El precio de la felicidad, una película dramática que dirigió Bruce Beresford y se estrenó en 1983. Allí se centra en la vida de Mac Sledge, un cantante de country en fase de recuperación de su adicción a la bebida, que quiere rehacer su vida a través del vínculo con una joven viuda y su hijo en la zona rural de Texas. Duvall cantó sus propias canciones en ese film. Este aborda diferentes temas, entre los que se encuentran la importancia del amor y la familia, la posibilidad de la resurrección espiritual en medio de la muerte, y el concepto de redención a través de la conversión de Mac Sledge al cristianismo.
Su debut como director fue con El apóstol. Estuvo más de una década buscando financiación, ninguno de los estudios grandes lo apoyó allí, pero Duvall no se sintió un cineasta “indie”. Trataba allí la historia de un predicador que, al ser abandonado por su esposa y despojado de su iglesia, enfurece. Pero luego, quiere reconstruir su vida.
“En realidad fueron 15 años de intentos. Por supuesto, no todo el tiempo exclusivamente dedicado a hacer esta película, pero cada vez que podía volvía a este proyecto. En un momento decidí que la tenía que dirigir yo, simplemente porque no iba a encontrar nadie que pudiera manejar mejor el tema. Yo he seguido de cerca a esos predicadores, y así pude llegar a entender su oficio, su manera de pensar y actuar, y no hubiese podido transmitir todo eso a un director que no supiera nada al respecto. Si no se conoce bien el tema, se cae en estereotipos. Y éste es un tema muy específico, muy particular de algunas regiones de mi país, con las más bizantinas variantes: hay predicadores para blancos, para negros, para gente de la ciudad y para gente del campo, hay predicadores de TV y de radio… Existe una variedad interminable de predicadores”, contó.
Nunca quiso involucrarse en las polémicas políticas. Sostuvo que “los actores no debemos provocar debates políticos, no tenemos suficiente información. Los actores de Hollywood que hacen declaraciones proféticas y profundas me hacen sentirme avergonzado. Yo no estoy aquí para cambiar el mundo ni para ser el secretario de Estado de mi país. Yo estoy aquí para hacer bien mi trabajo, nada más”.
Pero, en general, estuvo cerca de los candidatos republicanos como Reagan o Bush.
“Soy un actor de carácter y nunca me ha importado. A veces, los actores como yo podemos sentir celos de los protagonistas, muchas veces te preguntas si podrías hacer cierto tipo de papeles para los que nunca te llaman. Pero ser un actor de carácter tiene muchas ventajas. Haces grandes trabajos y viajas por todo el mundo sin tener que llevar el peso de la película. Eso está muy bien”, consideró.
Considerado uno de los mejores actores de Hollywood, Duvall ha estado trabajando con intensidad hasta hace aproximadamente una década, cuando bajó el ritmo de sus proyectos. Su última película fue Los crímenes de la Academia, estrenada en enero de 2023, mientras que unos meses antes había sido parte del elenco de la película deportiva Garra, estrenada en 2022.
Se casó y divorció tres veces, antes de conocer a Luciana Su primera esposa fue la bailarina de tv, Barbara Benjamin, desde 1964 hasta principios de los 80. Sus dos matrimonios siguientes -con Gail Youngs y Sharon Bophy- fueron más breves, de apenas cuatro años.
“Siempre llega un día en el que dices: ‘Ya está, se acabó’. No he llegado a eso del todo, pero casi”, comentaba hace algunos años sobre la reducción de la intensidad en el trabajo y sus planes de cara a la jubilación. En sus últimas décadas vivió en Fauquier County, Virginia.
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