14/03/2026

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Hubo ministros del gobierno que pusieron su renuncia a disposición cuando les mencionaron la idea. La sociedad, en su mayoría, más del 70%, los repudiaba sin matices. La Iglesia tenía sus reparos. Alfonsín decía que si salían ese sería el peor día de su vida. Hasta el dictador Jorge Rafael Videla estaba en contra.

El responsable de la dictadura más sangrienta de la historia argentina decía que no quería un indulto, que prefería seguir preso, que lo que de verdad le correspondía era una amnistía: es decir, no solo conmutación de pena, sino la expiación de los brutales crímenes de su gobierno.

Pero a Menem no le importó. El indulto iba a salir o salir, era una decisión que él ya había tomado y, detalle no menor, era una potestad única y exclusiva del Presidente.

En el medio hubo levantamientos carapintadas, tormentosas relaciones en Olivos, negociaciones con enviados de Montoneros, que promovieron insistentemente que se los indulte, noches alegres y mañanas tristes (y viceversa), privatizaciones y hasta los primeros indicios de casos de corrupción. Pero nada de eso desvió a Menem de su objetivo.

Ese párrafo es un pequeño spoiler de lo que relata, con una obsesión por los detalles y reconstruyendo diálogos inéditos, el periodista Ceferino Reato en su último libro Pax menemista. Historia secreta de los indultos a militares y montoneros en el país del odio (Sudamericana).

A 50 años del Golpe del 24 de marzo de 1976, el historiador y autor de una decena de libros sobre la violencia política en Argentina, analiza la audaz jugada de Menem en sus primeros meses de gobierno, que él consideraba clave para “pacificar” la Argentina, aún pagando el costo político de perdonar a quienes había asesinado a miles de compatriotas sin autocrítica ni remordimiento alguno.

Allí, se mezclan la repatriación de los restos de Juan Manuel de Rosas desde Inglaterra; la construcción de un monumento a los caídos en Malvinas en la Ciudad; el abrazo con el almirante Isaac Rojas, el más antiperonista de los militares que derrocó a Perón en 1955; las charlas con Mario Montoto, enviado de Firmenich para buscar un indulto; y una obsesión por Amalia “Yuyito” González, por entonces “la mujer más linda de la Argentina”.

De la pax menemista al rumor de nuevo indultos

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¿Cómo fueron los indultos realizados por Carlos Menem?

En la esquina de Melián y Echeverría, a pasos de la casa del expresidente Carlos Saúl Menem, con su libro en mano, Ceferino Reato responde en esta entrevista de Clarín sobre los secretos de los indultos menemistas, qué otros hechos se dieron en paralelo para conseguir la pax política que blindó la década del 90 y hasta se anima a responder si podría haber nuevos indultos a militares con el gobierno libertario, como reclama una parte -aunque marginal- de los dirigentes oficialistas.

─Si tuvieras que resumir qué es la pax menemista, ¿cómo lo harías?

─Vos sabes que es difícil para mí porque es mucho más fácil escribir sobre conflictos, sobre atentados, por ejemplo, un atentado, o sea, una cuestión que separe rápidamente el bien y del mal. La pax menemista es un intento de un personaje muy carismático, pero muy polémico, de un feroz pragmatismo como Carlos Menem, de fundar lo que era un periodo de estabilidad y de orden en un país que estaba atravesado por el caos económico y social. Pero también a ese caos económico y social se le agregaba la división del ejército en dos bandos por lo menos y el intento de un grupo nostálgico de la violencia guerrillera, que fue el ataque al cuartel Tablada de enero del 89. Todo eso junto en el mismo país. Entonces, es lógico que él como líder que había ganado las elecciones, que había tenido que asumir cinco meses antes por el tema del caos, tratara de fundar un periodo de estabilidad y de paz con lo que tenía a mano.

─¿Cuáles son las claves del fenómeno?

─Una cosa clave era el tema militar, no podía tener el ejército dividido y eso se dio cuenta enseguida. Era un momento donde Argentina recién atravesaba los primeros años de la reanudación de la democracia. El gobierno anterior, de Alfonsín, había sido exitoso en los juicios a los militares y a los guerrilleros por los delitos que habían cometido, pero no había podido reprimir con la fuerza de su autoridad tres levantamientos militares, tres levantamientos carapintadas. Eso era un déficit. La solución que le encontró fue indultarlos a todos, a todos los militares y a todos los guerrilleros, convencido de que lo que a los militares les molestaba eran los juicios por las violaciones de los derechos humanos y que también los guerrilleros no querían ser juzgados. Luego, como él había llegado al poder con promesas estrambóticas ligadas al primer peronismo, había metido miedo en todos los sectores antiperonistas. Por lo tanto, trató rápidamente de acercarse con quién era el símbolo del antiperonismo, el Almirante Rojas y los patriarcas liberales, Alsogaray especialmente.

─Hay gestos en paralelo también: uno es que repatrió los restos de Rosas…

─Él tenía que calmar las propias bases peronistas porque como asumió dando un giro drástico, olvidando todas sus promesas electorales y abrazando, digamos, un neoliberalismo nunca visto que incluía la privatización de las grandes empresas estatales. Entonces tiene que calmar también a las bases peronistas. Y ahí me parece que él eligió la repatriación de los restos de Rosas, un caudillo nacionalista y federal, que en aquel momento reposaba, digamos, en Southampton y encarnaba una de las patas de la antinomia federal-unitaria que era fuerte.

─También vos mencionas entre esos gestos que ordenó levantar un monumento por Malvinas en la Ciudad, donde no había uno.

─Sí, él también propició la construcción del monumento a los muertos en Malvinas en Retiro, que ahora es una postal de la ciudad, pero en aquel momento enfrentaba muchas resistencias. Era una cosa curiosa: en toda la Argentina, por lo menos en la zona del litoral de donde soy yo, siempre hubo rápidamente monumentos a los muertos en Malvinas en todas las ciudades chicas, pequeñas, pero acá no había. Y no había por una razón: había mucha gente que se oponía. Bueno, creo que esas cuatro cosas él las operó para hacer lo que yo llamo pomposamente Pax Menemista, remedo de la Pax Romana, pero obviamente no tiene mucho que ver porque la Pax Romana fueron 200 años de estabilidad y prosperidad de un imperio como el romano. Pero bueno, viste como somos de pomposos en metáforas los periodistas.

─Ahora, en medio de la construcción de esto que le daba cierta paz para gobernar, Menem tenía una vida personal que era bastante tormentosa, turbulenta, repleta de mujeres que se mechan, ¿no? Digo, está ideando los indultos y al mismo tiempo juntándose con su exmujer, luego echándola de Olivos en su momento.

─Fue la primera vez que tuvimos un presidente que para nosotros era una especie de Gran Hermano viviente, porque nos hacía vivir todo lo que él hacía y procesaba. Todo este caldero, ese gran guiso que era la política menemista, él lo cocinaba a vista de todos y mezclaba todos los ingredientes. Pasaba de un tema a otro sin ningún problema y disfrutaba de los oropeles del modelo. Es el primer presidente, yo creo que después de Perón, que disfruta y hace saber que disfruta, está contento ejerciendo el poder. Alfonsín no, Duhalde tampoco, De la Rúa tampoco, son otros tipos de personas. Y Milei está como enojado. A Menem era muy difícil también verlo enojado. Estaba contento a pesar de los despelotes que tenía, porque todo esto que él hizo llevó hasta llegar a la estabilidad de la convertibilidad, pasó como un año y medio y el país era una noticia peor que la otra. Hubo hiperinflación con Alfonsín, pero también con Menem. Varias veces naufragó su plan económico hasta que encontró la llave de la convertibilidad. Sin embargo, él jugaba al fútbol con la selección con Maradona, jugaba al basket, bailaba una samba en Luna Park. Era capaz de irse de gira a Europa y sólo le importaba ir a ver a Enzo Francescoli, ídolo de River.

Reato afirma que una de las cosas que descubrió de Menem al investigar y escribir el libro sobre los indultos es que el riojano no tenía complejos. “Tenía cosas muy, muy raras y además tenía esa capacidad de pensar en distintas cosas. Como decía, le gustaba mucho las mujeres y él, al contrario de otros, lo que quería era que se hablara. Bien o mal, pero que se hablara. No tenía ningún complejo, eso es muy importante y eso me lo dijo el embajador Fernando Petrella, que fue después su vicecanciller. Era una persona sin complejos y eso fue muy importante”.

“Como vemos, las personas, nosotros mismos, arrastramos complejos. Y cuando esas personas acomplejadas están en el poder, los complejos se potencian. Bueno, lo vemos hoy por ahí, tenemos un presidente que arrastra los complejos de su infancia. Qué pena por él”, afirma el periodista en referencia a Milei, con quien supo compartir panel en el programa Intratables.

─¿Y en qué lo ayudó esta característica de no ser acomplejado?

─Le permite acercarse al que le conviene en el momento y después traicionarlo sin problema. Y yo acá también quiero mostrar también cómo se hace la política de verdad, porque yo cuando vivía en Italia había un periodista que se llamaba Juliano Ferrara, colorado, grandote, que tenía un programa que era “La trama del poder” o algo así. Era la televisión privada, pero primera franja, y mostraba las grandes operaciones políticas desde el punto de vista del que las hacía. Entonces, Menem se acerca a Seineldín porque tampoco le queda otra, porque hay una afinidad ideológica en ese momento, porque hay un combate contra Alfonsín y los generales leales y después se da vuelta.

─Bueno, vos contás que Zulema se lo dice: “Mi marido lo va a traicionar”.

─Zulema dice “mi marido lo va a traicionar”. Zulema, que por otra parte tampoco es una modosita jefa de hogar, ama de casa, ¿no? Ella formaba parte de un dispositivo de poder y era una personalidad de una gran convicción y fuerza, y muchas ambiciones, todas legítimas, por supuesto. Era todo un caos también Olivos y él lo mostraba. Por eso digo, era como un Gran Hermano, vos veías y era magnético. Y no teníamos nada enfrente y como sabemos cuando no hay nada enfrente valoramos mucho lo que tenemos en la casa de Gobierno.

─ Menem había estado preso en dictadura y no lo dejaron ir al entierro de su madre, como después de eso los indulta. ¿Hubo alguna razón oculta en el tema de los indultos? Él decía que había que pacificar el país, pero el 70% del país no estaba de acuerdo.

─Uno como periodista siempre trata de ver la practicidad, el oportunismo del político y eso me parece que está, le convenía hacerlo. No tenía otra si quería gobernar, tenía que lograr un mínimo de paz en un contexto tan difícil. Después, sus allegados me dicen que era una persona que no odiaba. Puede ser, no lo sé. Tuvo gestos de no odio, que para mí es difícil, más en un país como la Argentina que está atravesada por el odio. ¡Cómo nos gusta a nosotros odiar!, ¿No? Y cómo favorecemos al que odia. Y pensamos que el que odia, el que grita, el que insulta es el que nos dice la verdad. Para mí no es así, pero mucha gente piensa así. Entonces él, con los cinco años que estuvo preso en la dictadura, creía que tenía la autoridad suficiente para perdonar en nombre de todos nosotros y creía que eso había que darlo vuelta. Él usaba una frase del Martín Fierro para explicar su decisión: “Sepan que olvidar lo malo también es tener memoria”.

─También en una parte del libro vos contás que a diferencia de Alfonsín, más allá de los indultos, Menem tiene una postura intransigente a la hora de reprimir un levantamiento de los militares y se rinden sin condicionamientos.

─Él es un hombre del poder y lo maneja ferozmente. Tiene una gran ferocidad respecto del poder. Vos fíjate el alzamiento carapintada del 3 de diciembre. Menem dice que gracias a los indultos sacó del horizonte militar el tema de los juicios por las violaciones a los derechos humanos, pero ahí se dio cuenta que era contra él. Los carapintadas siguen diciendo hoy, porque yo me preocupé en entrevistar a varios carapintadas, que no era contra Menem, era una cuestión externa, pero en realidad también era contra Menem o Menem lo entendió así, yo creo que con razón, en el sentido que si le ponían el jefe del ejército después iban a ir por él. Y acá lo que los carapintadas no entendían era algo bastante lógico visto a la distancia, que es que la democracia de partidos necesitaba aplastar el poder militar, o sea, que el partido militar no existiera más. Alfonsín a su manera lo hizo con los juicios y Menem le dio el golpe final porque con el aplastamiento de la rebelión, pero sobre todo con las privatizaciones de todo el complejo militar, ya no hubo ningún partido militar.

─Después se inauguró la pax kirchnerista, que fue de alguna manera dar vuelta la era menemista.

─ Ahí yo también trato de explicar un poco la lógica de Kirchner. Kirchner se encuentra deslegitimado por su rival interno que no compite, entonces lo deja con un porcentaje muy expuesto. Tiene que pasar rápidamente a aumentar el consenso y encuentra en Verbitsky la llave. Me parece que es clave: son los derechos humanos que nunca le habían interesado. Logra que la Corte anule los indultos, pero solo los indultos de los militares, no de los guerrilleros, porque para él formaban parte de la generación a la cual buscaba representar. Y ahí inaugura otra pax que también tiene el consenso popular durante mucho tiempo, ¿no? Ahora vamos a ver cuál será la pax mileísta.

─¿Crees que se puede dar un indulto en el gobierno de Milei? Fue un tema que se instaló con las visitas de diputados libertarios a Astiz y otros represores, luego se apagó, pero a 50 años del Golpe algunos volvieron a insistir en esa hipótesis.

─Yo no lo sé. Yo creo que hoy Milei puede hacer cualquier cosa, hasta nada, y contentarse con un videíto más. Pero puede dar, aparte del videíto, puede hacer un indulto a los militares, pero hay que ver bien qué rédito le daría, ¿no? Y el tema constitucional, que la Constitución fue cambiada, ¿no?, y el presidente no puede indultar por delitos de lesa humanidad. Pero a ver, habría que ver qué interpretación hace. También puede mandar un proyecto de ley de amnistía, que ahí sería una amnistía que borraría el delito y la pena, pero no podría ser parcial. Si bien los exguerrilleros no lo necesitan, aunque siempre están preocupados por algunas causas, ahí borraría todo en ese momento. Milei tiene una tropa ahí de levantamanos que creo que si manda cualquier proyecto de ley, capaz que lo aprueban. Y además la tiene a Patricia Bullrich, que puede dar otra voltereta, que no le cuesta mucho, y defender un eventual proyecto de ley de amnistía, ¿no?

Diálogos y escenas detrás de los indultos de Menem a genocidas y montoneros

De esa suerte de Gran Hermano que representó el desembarco de Carlos Saúl Menem en Casa Rosada, el libro de Ceferino Reato reconstruye varios momentos clave en la construcción de la Paz menemista, con diálogos inéditos. A continuación algunos de los intercambios más reveladores de la investigación.

Menem en calzoncillos y una charla con Montoto

“Carlos, mirá, te quiero leer una serie de puntos de algo que nosotros pensamos —le dijo Montoto apenas entró en la habitación del hotel—. Es el momento para que en tu discurso metas algún tema que te diferencie y ofrezca un futuro mejor. Y acá nomás está la base más importante de la Marina; podés empezar a ganar el voto de la familia militar”.

Menem lo miró con desconfianza, todavía adormilado. Corría desde atrás en la interna del peronismo frente a Antonio Cafiero, el favorito para el 8 de julio de 1988.

¿Cómo podía ganarle ese exótico candidato de la pequeña y marginada La Rioja al poderoso gobernador de la provincia de Buenos Aires, el principal distrito electoral, que, además, controlaba todo el aparato político partidario y sindical?

En calzoncillos, Menem se acomodó la cabellera podremos superar la crisis terminal que estamos viviendo. Para ello, debemos dejar atrás la violencia de un lado y del otro a través de la autocrítica sincera de todos los sectores y de medidas de pacificación nacional que vuelvan a hermanar a militares y civiles…

—No, Marito, pedime cualquier cosa menos algo así para estos milicos hijos de puta que, cuando me tenían preso, ni me dejaron ir al entierro de mi madre.

—Me parece que te equivocás. Hay que mirar para adelante, y quién mejor que vos para hacerlo, que estuviste preso tantos años.

—No, Marito, eso no… Los militares del Proceso son unos hijos de puta.

“Y yo me sentí el tipo más frustrado del planeta —recordó Montoto- por su respuesta, pero principalmente porque le había leído todo eso a un tipo que estaba sentado en la cama, pero que para mí se dormía, y creo que hasta debe haber roncado algo. Salí muy frustrado de la habitación”.

Montoto estaba tan molesto que no quiso subir al palco. Comentó: “Me quedé abajo, con la gente. Veía que mientras lo presentaban y hablaban otros dirigentes, Menem me miraba y me miraba; cuando le tocó el turno, lanzó por primera vez la propuesta de pacificación nacional repitiendo prácticamente todo lo que le había dicho. Le habló a la ‘familia militar’ de un futuro ‘sin rencores ni persecuciones’. ¡Este hijo de puta, y lo digo con admiración, no solo no estaba durmiendo, sino que se había aprendido todo de memoria!”.

Los restos de Rosas e insultos en París

─Pero la repatriación de los restos de Rosas, ¿qué tiene que ver con la dictadura? ─preguntó Mera Figueroa, molesto.

─Rosas era un abanderado de las causas populares, las mismas que fueron combatidas por los militares ─le contestó uno de sus interlocutores.

─No, ustedes no entienden. Lean el decreto del presidente Menem; allí dice que la repatriación es por la unión nacional. Acá lo que queremos es cerrar una herida histórica. No queremos seguir abriendo divisiones; ya bastante tuvimos y bastante nos costó a todos.

─Eso del costo lo tenemos claro. Nos tuvimos que exiliar porque, si no, los militares nos mataban ─fue la respuesta de otro visitante.

─Lo sé. Todos hemos sufrido mucho; por eso, lo que queremos es cerrar las heridas del pasado y no volver a abrirlas.

─Pero usted que estuvo en la JP, que fue preso politico. Esperábamos otra actitud, realmente ─lo cuestionó uno que todavía no había hablado.

Mera Figueroa se enojó, dio un golpe en la mesa con su puño derecho y luego, con la misma mano, se sacó la dentadura postiza del maxilar superior, la colocó sobre la mesa y dijo, gritando:

─¡No me jodan! ¡Se pueden ir todos a la puta que los parió! Mientras ustedes estaban acá, en París, yo estaba allá, preso, y me cagaban a palos. Una vez, de una patada, los milicos me partieron el maxilar.

Nadie dijo una palabra cuando hizo silencio y se volvió a poner los dientes, algo más calmo.

─Miren, yo no los juzgo, pero ustedes no me rompan las pelotas. Lo que yo quiero ahora es cerrar una herida. Como el presidente Menem, que estuvo preso cinco años. Asi que no me vengan a joder con seguir revolviendo mierda.

Todos se levantaron y se fueron casi sin saludar-se. Unos minutos despues, mientras salían a la avenida George V, Silva Garretón buscó consolarlo.

─No te hagas problemas, Julio, son boludos.

─Estos tipos no aprenden más —le contestó Mera Figueroa.

El abrazo con el hombre que derrocó a Perón

La puerta de la habitación del tercer piso del Hospital Naval se abrió, y el almirante Isaac Francisco Rojas, emblema del antiperonismo más enfático, tenaz e irreductible, cedió paso al presidente Carlos Saúl Menem mientras indicaba el camino con su mano derecha.

-Permítame, señor presidente, que lo acompañe hasta el portalón de salida —dijo el líder de la Revolución Libertadora, que en 1955 derroco al presidente Juan Domingo Perón.

Un lenguaje propio de un marino cabal. Rojas, que vestía una robe de chambre sobre su pijama, se refería a la abertura similar a una puerta en el costado de un buque para la entrada y salida de personas.

─Ha visto, almirante, que ha sido una visita amis-tosa, como se lo anticipé al llegar —le comentó Menem luego de caminar juntos unos metros, hasta la puerta del ascensor.

—Sí, señor presidente, le agradezco mucho su visita y la conversación de casi una hora que tuvimos.

Menem tomó por los brazos esa enjuta figura de anteojos negros eternos, muy cerca de cumplir 83 años, acercó su rostro y le dio un beso en la mejilla:

—Le deseo una pronta recuperación, almirante, y lo espero en la Casa Rosada.

Rojas se sorprendió: ese gesto no estaba en su repertorio de modoso caballero, pero recordó que, al entrar en su habitación, Menem había besado también así a su esposa, Lia Edith, Beba, el amor de su vida.

Luego de una pausa, la persona mas odiada por tantos peronistas, que vivieron aquel golpe de Estado, los fusilamientos de militares y civiles de 1956, la humillación, el revanchismo, la proscripción y el exilio de Perón durante dieciocho años, le dijo con cierta solemnidad:

—Señor presidente, déjeme que lo mire a los ojos.

Rojas lo observó durante unos segundos, y ahí fue Menem el sorprendido, aunque no tanto como cuando el Almirante, Paco, Tata, el Negro o la Hormiga Negra -los sobrenombres de esa figura singular de la política criolla- se acercó y le dio, también, un beso en la mejilla. Le deseo el mayor éxito en su ardua y difícil gestión para que saque al país de esta decadencia.

—Muchas gracias, almirante, trataré de hacerlo.

Ahora los sorprendidos eran los pocos testigos de aquel encuentro imprevisto. Es que Menem y Rojas representaban los dos polos de la antinomia que dividía a los argentinos desde hacía más de cuarenta años, y que contribuyó grandemente a la violencia política de los sesenta y setenta, y al atraso y la decadencia del país: el peronismo y el antiperonismo.

Antes de que se introdujera en el ascensor, Rojas lo miró bien, como midiéndolo.

—Señor presidente, yo creía que éramos los dos de la misma altura, y veo que usted es un poco más alto que yo.

—Ese es mi consuelo —se despidió Menem, con una sonrisa.

“¿No me merezco yo a la Yuyito?”

“Recuerdo ─dijo Alejandro Granados, cacique peronista de Ezeiza─ el primer acto de la elección interna en Mar del Plata, en enero de 1988. No había un mango y fue en la peatonal al atardecer, cuando la gente volvía de la playa. Había una especie de escalerilla de avión para hablar desde arriba. Primero habló Juan Carlos Rousselot, que quería ser vicepresidente; era locutor, tenía una voz excelente, un crack. Luego le tocó a Carlos. Yo nunca había visto tanta euforia en la gente; sin movilización, sin punteros, sin nada; la gente vibraba con cada palabra de Carlos. Fue muy impresionante; yo estaba parado unos escalones por debajo de él con una botellita de agua, muy atento a que me la pidiera. Al terminar, mientras la gente saltaba, aplaudía, gritaba, alzaba a los chicos para que él los besara, Carlos se da vuelta y me mira. Yo pensé: ‘Me va a preguntar cómo estuve’. Pero no; me dijo: ‘Y Ale, ¿no me la merezco yo a la Yuyito?’”.

Granados explicó que Menem “sabía que yo era amigo de Yuyito González, que era la mujer más linda de la Argentina en aquel momento. Porque yo era, sigo siendo, íntimo de Guillermo Coppola, y siempre comíamos los cuatro en mi restaurante: Amalia, Yuyito; Guillermo;

Dulce, mi mujer, y yo. Y con Dulce nos seguíamos viendo a pesar de que ellos se habían separado. Yo se la iba dilatando: ‘No puedo, Carlos, fue la mujer de un amigo’. ‘Pero ya se han separado’, me contestaba”.

“Después sí se la presenté”, agregó. Y resultaron todos tan cercanos que Menem y Yuyito fueron los padrinos de Bárbara, la hija de Dulce y Alejandro Granados.

De todos modos, Amalia González nunca admitió una relación amorosa con el expresidente.

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