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Llegar a Salento con ropa de abrigo llama la atención. Es que esta zona, en el taco de la bota de Italia, tiene algunas de las playas más concurridas durante el verano.
Pero nosotros llegamos con un objetivo muy diferente: recorrer la región en bicicleta y fuera de temporada. En julio o agosto, entre el calor y las multitudes de vacaciones, sería imposible pedalear tanto por la costa como por el entroterra, el interior del territorio.
El viaje en bicicleta debe comenzar necesariamente en Lecce: es el punto de partida para recorrer los 300 kilómetros de la ciclónica, un proyecto de Vivilitalia inaugurado en 2024 que aglutina a 10 municipios de la región de Apulia (Puglia) y busca atraer turistas a esta punta de la península.
Los circuitos están pensados en cinco anillos que permiten disfrutar el territorio entre el mar y las sierras, en un terreno que es perfecto, por ser bastante plano y porque tiene muy poco desnivel.
Carlo Cascione, uno de los creadores de Salento Bici Tour, confiesa que cada vez son más los visitantes que eligen esta modalidad de viaje y que, además, las obras impulsan a los locales a usar la bicicleta como medio de transporte.
Anfiteatro romano y sabor
Moverse por Lecce en bicicleta es más cómodo, permite acceder al centro histórico de manera simple y adentrarse en el circuito.
Bastan poco más de tres kilómetros para salir del cemento y llegar al Parco Archeologico di Rudiae, una antigua ciudad mesapia y luego romana, donde recientes excavaciones permitieron recuperar un anfiteatro romano que pronto se abrirá al público y que -se estima- albergaba a unas 8.000 personas.
La bicicleta facilita el acceso a otra cara del territorio, a otras experiencias y otras anécdotas.
De repente, un centenar de ovejas, cuatro perros y un pastor se apoderan del camino. El ganado ovino reniega ante la presencia del grupo de ciclistas –somos 10- que interrumpe su tranquilo andar. Los perros ladran y miran como enojados. La seriedad del pastor y su sutil alzada de mano demuestran lo mismo.
Sorteado el rebaño de ovejas con paciencia, hace falta una media hora de pedaleada ligera para llegar al emprendimiento de agroturismo Le Chiese, una finca de 17 hectáreas de olivos ubicada en San Pietro in Lama, donde se producen al menos seis variedades de aceites de oliva y también se ofrece servicio de hospedaje.
La degustación es una invitación a saborear la tierra y a aprender a diferenciar aquellos aceites preparados para comer con platos fríos (bruschetta con tomates cherrys, zucchinis y berenjenas) de los que se usan para realzar el sabor de la comida caliente, como el que acompaña la pequeña cazuela de garbanzos que nos ofrecen.
Cúrcuma, peperoncino y romero: estos son los aceites saborizados que rápidamente causan sensación entre quienes nos sentamos a la mesa a degustar y disfrutar.
De cocina y orecchiette
Al llegar a lo de Anna, uno se siente como en casa. Es una señora que parece sacada de un cuento, y usa un delantal a cuadros rojos y blancos que hace juego con los manteles de la casa.
Anna es la cara visible de Tenuta DonnAnna, otro de los tantos emprendimientos de agroturismo que funcionan en la zona de Galatone y, definitivamente, es la estrella del lugar. Con ella los visitantes aprenden (aprendemos) a hacer las pastas típicas de Italia: orecchiette (que en italiano significa pequeñas orejas) y minchiareddhi. La leyenda dice que cuando ambas pastas se sirven juntas en el plato, nace el amor (ya que sus formas recuerdan a la mujer y al hombre).
Anna se sienta y sonríe a sus visitantes. Y aunque admite que ya se cansó un poco de comer orecchiete, comienza a amasar. Harina y agua, no hace falta más. Un tenedor, un cuchillo y un fierrito. Con estas herramientas enseña una técnica milenaria. Al principio no nos salen bien, pero piano piano la masa comienza a tomar la forma tradicional e inconfundible.
Una vez que la masa está lista, se la separa en bloques. Luego, en finas tiras. A estas tiras se las corta en pequeños bloquecitos de harina y agua, como si fueran ñoquis. Entonces se los estira, de manera ondular para las orecchiette y tubular para los minchiareddhi. Anna observa, corrige y responde a todas las preguntas.
Antes de saborear el producto final, llega el antipasto: verduras salteadas, mozzarella di bufala y el corazón de la achicoria pugliese, que viene servida con tomates cherry y abundante aceite de oliva. Es la antesala del espectáculo mayor.
Porque mientras el apetito se abre y las charlas van y vienen entre copas de vino rosado, aparece nuevamente Anna. Esta vez sin su delantal, pero con una fuente enorme de pasta con salsa roja.
En el centro de mesa esperan el pecorino local y el cacioricota, un queso fresco de la región especial para acompañar las pastas.
Ella sirve y el primer plato es para su hijo Carlo (que acompaña a los ciclistas y, de paso, los lleva a aprender a cocinar y comer en lo de su mamá), mientras alguno de los invitados le pregunta si es su pasta favorita. Anna se sienta y come con el grupo mientras recibe todas las felicitaciones. Y cuando termina, pregunta si alguien quiere más.
Es difícil seguir pedaleando después de comer. Como también es difícil ver ríos donde transita el agua durante el camino. Es que en el Salento la mayoría de los ríos son subterráneos, así que hay que aprovechar para ver el agua que corre cuando se puede.
Antes, los cursos de agua eran clave para la producción de seda y tabaco, dos productos que ya no se ven más en la región. Unos pequeños refugios hechos de piedras – similares a los trulli de Alberobello- permiten entender que también era difícil la vida en este territorio en otros tiempos.
La ciclónica nos lleva por Galatina y Galatone. En el límite entre estas ciudades hermanas se encuentra el Cristo di Tabelle dentro de una iglesia que no está consagrada, pero que convoca a cientos de personas que llegan desde distintos lugares para rezar.
Rodeada de murallas, Galatina es más grande que Galatone, y lleva consigo el honor de ser el lugar donde se creó el pasticciotto (se hace con masa tipo pasta frola y relleno de crema pastelera; su forma es ovalada y lo mejor es comerlos tibios) y de la pizzica, una danza antigua que mantuvieron oculta y hoy es orgullo de la región. Comida y música.
La piedra leccese se ve aquí en las casas y en las iglesias monumentales. Las panaderías ofrecen el pasticciotto, aunque a la hora de llegada, pocas de ellas mantienen sus puertas abiertas.
Las luces de la ciudad recitan las pizzicas, una música “de trance” que tiene sus orígenes en el tarantismo. Los tarantatis eran personas que, según las creencias populares de esta zona de Italia, tras ser picadas por una araña, enloquecían. Se curaban con el “agua bendita de San Pablo”, el protector de quienes sufrían picaduras de animales venenosos. La tarántula era la más temida de la zona, y para la curación también se usaba una música particular. De allí surge la famosa tarantella, que devino en pizzica (que en español quiere decir “picazón”).
Pura hospitalidad
A la hora de la cena, el plato se repite en la cocina de otra señora que también se llama Anna y que está junto a su marido Gino (aclara, le gusta que le digan Gigi).
En Gemini todas las cosas van a un ritmo mucho más lento. Es un pequeño pueblo que está a poco más de cuatro kilómetros del mar;en verano triplica su población, pero durante el resto del año está bastante vacío.
La revolución del tour que llega -nosotros, a bordo de nuestras bicicletas- es tan grande que se abren las puertas de la Asociación Cultural de Gemini, donde nos reciben Gigi y Anna. Nada de lujos: mesa de plástico, sillas blancas de Bad Bunny y una imagen religiosa en el fondo.
El ambiente no parece prometedor, hasta que aparece Gigi con focaccia y aceite de oliva de la casa para comenzar. Nada de etiquetas, todo producción propia. No pasa demasiado tiempo antes de que empiecen a danzar sobre la mesa los brócolis selváticos, la caponata -verduras locales salteadas-, las albóndigas de la nonna y un puré de habas acompañado de achicoria salteada con pan frito, plato emblemático de la zona.
Gigi va y viene, aunque necesita de la ayuda de Anna. Es que antes fue marino de las fuerzas italianas y un golpe lo dejó con movilidad reducida en una de sus manos. Ya no se ve como un militar. La chaqueta verde pasó a ser negra y de cocinero. Cuenta que esto “lo hace de corazón”, y que abrieron el centro cultural para cocinarnos. Hospitalidad salentina en su máxima expresión.
Llegan las nuevas orecchiete, pero esta vez en su versión más tradicional: enverdecidas con cime di rapa, una verdura de hoja verde típica del sur. Y también con queso pecorino, porque así lo dice Gigi y así hay que hacerlo.
Cuando parece que no hay lugar para más comida y el cansancio de la bici empieza a sentirse, aparece Gigi con dos fuentes enormes: mandarinas y naranjas. Y varios platitos de hinojo. La fruta. Hay que probar.
Ahora sí, pensamos, se terminó. Pero el hombre tiene aún un as bajo la manga. El postre, una torta pasticciotto que visualmente promete. ¿Cómo van a irse sin probarlo? Los pedidos vienen con clemencia: está bien, pero que sea poco.
Cuando ya nos alistamos para irnos, Gigi se desespera. Falta algo. El brindis. Entrega a cada uno una copa de espumante y alza la voz: “Dalla costa adriatica alla costa ionica facciamo un brindisi alla ciclonica”, dice, casi parlando en dialecto.
Ahora sí nos vamos. Pero Gigi no quiere dejarnos marchar sin hacer la digestión. Por eso aparece sonriente con dos botellas de amaro, un licor de hierbas italiano. Uno es de aceitunas; el otro, de carrube, el algarrobo europeo. El alcohol se siente, y esperamos que funcione como digestivo, porque hace falta.
Un chapuzón en la costa jónica
La costa jónica invita a bañarse. Aunque estamos en marzo al momento del viaje, si hay sol, el calor del esfuerzo con la bicicleta permite ilusionarse con un chapuzón.
La región viene desarrollando infraestructura ciclista costera, uno de los principales activos para el cicloturismo. Bosques y mar hacen de este circuito una cosa única. Como en Punta Pizzo, donde uno puede descansar o hacer un picnic a mitad de camino.
En Ugento la sorpresa es un sistemas de humedales de alto valor ecológico, siete lagunas y un canal conector. Por ahí pedaleamos bajo el sol de un día que prometía lluvia, pero que la tramontana -viento del norte- se la llevó lejos.
El camino nos conduce desde las sierras hasta el mar de Punta Pizzo. El cuidado de la naturaleza en la zona y la promoción de la bicicleta ayudó a que las tortugas marinas volvieran a poner sus huevos y que la foca monaca regresara a su hábitat natural.
En Punta della Suina uno ve aguas azules y claras. Una estatua en bronce un poco deforme recuerda al cantante italiano Lucio Battisti; dicen que allí se inspiró para escribir el éxito “Acqua azzurra, acqua chiara”.
Es que los colores de Santa Maria al Bagno, Santa Caterina y Punta Prosciutto confirman por qué es una de las zonas más elegidas por italianos y extranjeros para el verano. Los pescadores se mezclan con los ciclistas creando un ecosistema que en verano resultaría imposible por la cantidad de personas.
En el Parque Natural regional de Porto Selvaggio uno puede adentrarse entre villas del año 700 que rememoran un pasado rico de la región. La zona combina costa rocosa, bosque y senderos.
Finalmente, en la Salina dei Monaci, Patrizio Fontana, médico veterinario del Centro de Recuperación de fauna selvática de la Riserva regionale del Litorale Tarantino, resume la importancia del cambio estructural. Es un área natural en la que se ven flamencos rosados donde antes había un estacionamiento. Fontana dice que la educación de la gente es el desafío más grande para preservar el territorio.
Un primitivo para terminar
El Primitivo de Manduria, un vino tinto corposo, cuenta con denominación de origen controlada y es una de las paradas obligatorias en la zona. La bodega Produttori di Manduria cuenta con 300 pequeños productores que forman parte de la identidad salentina. Con vinos que se exportan a más de 50 países, es recomendable conocer este lugar.
El Museo della Civiltà del Vino Primitivo recrea en 33 salas la historia del vino de esta región. Cada sala, construida en las viejas cisternas, tiene un color violáceo por el vino que almacenaban sus paredes. Y cuentan cómo era la vida en el Salento en la antigüedad.
Los clientes salen con al menos dos bidones de cinco litros, un reflejo de que no solo es un producto pensado para turistas, sino que los locales lo siguen eligiendo.
El Salento demuestra que es más que playas y verano. Que existen historias más allá de las temporadas costeras y que cada parada conecta con el alma de la Puglia.
Cómo llegar
- Desde Buenos Aires se puede volar a Roma o Milán y desde allí tomar un vuelo interno o tren hasta Brindisi, el aeropuerto más cercano a Lecce (40 minutos en auto), en el sur de la región de Puglia.
- También es posible llegar en tren desde Roma (entre 5 y 6 horas) o alquilar un auto para recorrer la región con mayor flexibilidad.
Dónde alojarse
El recorrido combina ciudades y pequeños pueblos, con fuerte presencia de turismo rural.
- En Lecce hay opciones en edificios históricos reconvertidos, como B&B y pequeños hoteles (ej. Palazzo Salia, Arco Vecchio, Palazzo Cavour).
- En el interior predominan las masserias y casas rurales, donde, además del alojamiento, se ofrecen experiencias gastronómicas. Como los emprendimientos de agroturismo Le Chiese y Tenuta Donnanna.
- En localidades más tranquilas, como Gemini o Nardò, hay alojamientos boutique y de lujo, como Relais Monastero Santa Teresa o Corte Largo Lauro Dimore & Spa, que combinan patrimonio y confort.
- Tarifas en B&B, entre 70 y 120 euros por noche. Masserias y de lujo, de 100 a 200 euros por noche.
Cuánto cuesta
- Alquiler de bicicleta: entre 25 y 50 euros por día (más si es eléctrica).
- Circuitos organizados: desde 80 a 150 euros diarios, según servicios incluidos.
- Experiencias gastronómicas (degustaciones, clases de cocina): entre 25 y 60 euros.
Dónde informarse
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Crédito de la fuente original: www.clarin.com
