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Las elecciones de medio término en EE.UU. están a la vuelta de la esquina y tanto el presidente Donald Trump como su predecesor Barack Obama lo saben: aunque ninguno de los dos estará en las papeletas del próximo 3 de noviembre, ambos asumieron papeles destacados en la campaña esta semana, con el exmandatario asegurando que “hay un componente moral en las decisiones que enfrentamos ahora mismo”.
El próximo martes, 35 de los 100 escaños del Senado y los 435 escaños de la Cámara de Representantes estarán en disputa. Según los sondeos, los demócratas tienen muchas chances de conseguir la mayoría en la Cámara, mientras que la contienda por el Senado es mucho más pareja.
En el caso del Senado, los demócratas necesitan ganar cuatro escaños. Tendrían que mantener Michigan y New Hampshire —ambas carreras muy ajustadas— mientras necesitan cuatro de los seis escaños republicanos en juego: Alaska, Maine, Carolina del Norte, Ohio, Iowa y Texas (en los dos últimos no se han elegido demócratas para el Senado en más de una década).
El complicado panorama para los republicanos, en un momento en el que la imagen de Trump se encuentra en su punto más bajo desde que regresó al poder en enero de 2025, se explica por el creciente costo de vida: como consecuencia del cierre del Estrecho de Ormuz, los precios de la gasolina han aumentado casi 70% desde el 28 de febrero, fecha en la que Washington atacó a Irán.
Actualmente, el 47% de los estadounidenses considera que el costo de vida es el principal factor a la hora de decidir a quién votar, según un sondeo de Reuters/Ipsos. En este sentido, el 47% de los estadunidenses votarían por un candidato demócrata en su distrito, mientras que el 36% lo haría por un republicano y el 11% permanecen indecisos.
Pero, más allá de la situación económica, y como se observa desde hace mucho tiempo, EE.UU. se enfrenta a una situación mucho más común en América Latina: una alta polarización.
Con el pasar de los años, las diferencias entre demócratas y republicanos va en ascenso e incluso muchos temen que esto, en algún momento, desemboque en una “guerra civil”. Y, aunque es difícil creer que la situación escale a esos niveles, el propio Obama advirtió que “no vamos a arreglar el sistema roto, no vamos a deshacer nuestra economía, mientras tengamos una cultura donde todo sea permitido, donde la gente en los cargos más altos del país piense que está bien mentir, engañar e intimidar, si seguimos con una cultura en la que el dinero se considere la única medida de nuestro valor”.
Ante este complicado panorama, e intentando profundizar en estos y otros temas (por ejemplo, cómo los resultados del martes podrían impactar en los vínculos entre Trump y Javier Milei), El Economista dialogó en exclusiva con Santiago Alles, Doctor en Ciencia Política y Director de las Licenciaturas en Ciencia Política y Relaciones Internacionales en la Universidad de San Andrés.
Santiago Alles
-Según los sondeos, los demócratas están muy bien posicionados de cara a los comicios del próximo martes ¿Dicha situación se explica únicamente por la guerra en Irán? ¿O hay más variables a tener en cuenta?
La popularidad de Trump ya era baja antes de la intervención militar en Irán. Lo que hizo la guerra, tanto por el rechazo de los votantes a la intervención como por sus consecuencias económicas, fue profundizar un desgaste político bastante más amplio. Las encuestas coinciden en que los votantes desaprueban al gobierno en todas las áreas de política pública.
Hay al menos tres factores clave. El primero es la economía. Trump enfrenta hoy un fuerte descontento con la inflación y el costo de vida. Si uno mira cualquier programa de noticias en EE.UU., lo que ve son notas sobre el aumento del precio del combustible y entrevistas que reflejan el malestar de los votantes. Esto contrasta significativamente con su primer mandato, cuando la economía era una de sus principales fortalezas.
El segundo factor es la política migratoria. La inmigración había sido uno de los temas centrales de la campaña de Trump, pero tanto las deportaciones como la manera en que ICE y otras agencias las llevaron adelante generaron un rechazo creciente. Esto tiene un costo político especialmente importante entre los votantes hispanos, cuyas comunidades experimentan más directamente las consecuencias de estas políticas. De hecho, buena parte del avance que Trump había conseguido entre los votantes hispanos en las elecciones de 2024 parece haberse revertido.
El tercer factor es la política exterior, especialmente la intervención militar en Irán. Es una aventura militar muy impopular, que contradice una de las principales promesas políticas de Trump. Durante su primer mandato fue errático e inconsistente en muchos aspectos, pero mantuvo una posición relativamente clara en este punto: EE.UU. debía reducir sus intervenciones militares en el exterior. Su segundo mandato representa un giro profundo respecto de aquella posición, y ese cambio generó rechazo incluso entre sus propios votantes.
Además, esta aventura militar tiene consecuencias económicas, particularmente sobre los precios de la energía, que refuerzan el descontento con el gobierno. Trump está pagando dos veces las consecuencias de su política exterior: por el rechazo a la guerra y por el malestar económico. Todo esto ayuda a entender las oportunidades que se abren para los demócratas.
Donald Trump durante su discurso en la Asamblea General de la ONU en 2026
-¿Cómo podría impactar en los dos últimos años del gobierno de Trump que una o ambas cámaras queden bajo el dominio de la oposición?
Una victoria demócrata, aun si sólo lograra el control de la Cámara de Representantes, tendría consecuencias muy importantes para los últimos dos años de Trump. Yo anticiparía al menos tres efectos.
El primero, y más evidente, es que va a paralizar buena parte de la agenda legislativa del gobierno. Desde hace años, las oportunidades de aprobar legislación con apoyo bipartidario son cada vez más infrecuentes. Entre la debilidad política de Trump y el contexto de alta polarización, los demócratas van a tener pocos incentivos para cooperar. Imagino que intentarán diferenciarse de cara a las próximas elecciones presidenciales, lo que puede traducirse en un bloqueo legislativo, pero también en conflictos recurrentes por la aprobación del presupuesto y el financiamiento del gobierno federal.
El segundo efecto es que los demócratas van a utilizar las facultades del Congreso para controlar al gobierno. Creo que podemos anticipar numerosas investigaciones legislativas, citaciones a funcionarios y posiblemente nuevos pedidos de juicio político. Durante su primer periodo, Trump enfrentó dos procesos de impeachment: uno por presionar al gobierno de Ucrania para que anunciara investigaciones contra Joe Biden y su hijo Hunter, condicionando la asistencia militar estadounidense; y otro por su responsabilidad en la insurrección de 2021, cuando sus seguidores tomaron el Capitolio para impedir la certificación de los resultados electorales.
Me parece razonable anticipar que volverán a producirse investigaciones de este tipo, porque los demócratas sólo necesitan recuperar la Cámara de Representantes para iniciar un nuevo impeachment. Después, conseguir la destitución de Trump requiere una mayoría de dos tercios en el Senado, y eso no va a ocurrir. Sin embargo, defenderse de esas investigaciones puede absorber una parte importante de la energía y atención del gobierno.
El tercer efecto podría ser una política exterior todavía más unilateral e intervencionista. Helen Milner y Dustin Tingley, en Sailing the Water’s Edge, muestran cómo las restricciones que enfrentan los presidentes estadounidenses en el Congreso pueden llevarlos a recurrir con mayor frecuencia a los instrumentos de política exterior que controlan directamente, especialmente los militares. La debilidad legislativa puede modificar los costos de usar algunos instrumentos a disposición de la Casa Blanca, favoreciendo aquellos sobre los que tienen mayor autonomía.
Y esto es particularmente relevante en el contexto actual. Como decía antes, Trump ya ha adoptado una política exterior más intervencionista, alejándose de sus promesas de reducir las intervenciones militares estadounidenses. Si a esa orientación le agregamos un gobierno políticamente débil y enfrentado al Congreso, uno podría esperar que esa situación lleve a Trump a una fuga hacia adelante, reforzando su inclinación a ejercer presión directa sobre otros países mediante sanciones económicas, amenazas y eventualmente el uso de la fuerza militar, un instrumento sobre el que los presidentes disponen de una autonomía particularmente amplia, en lugar de buscar acuerdos y compromisos.
Donald Trump
-Pensando más a largo plazo, ¿cree que el movimiento MAGA seguirá siendo determinante en la política norteamericana? ¿O, tras el fin del mandato de Trump, las bases del Partido Republicano se volverán a reestructurar?
Creo que para entender el futuro de MAGA hay que reconocer que Trump consolidó una transformación de largo plazo en las bases electorales del Partido Republicano.
En las elecciones presidenciales de 1992 y 1996, si consideramos solamente los votos de los dos partidos principales, los votantes blancos sin título universitario apoyaron a los demócratas 54 a 46. Sin embargo, veinte años después, estos votantes se habían vuelto sólidamente republicanos: en 2016, Trump derrotó a Hillary Clinton por 66 a 34 en ese mismo segmento.
No obstante, este realineamiento no comenzó con Trump, sino que tiene sus raíces en un proceso que se inicia durante los años sesenta y que podemos dividir en dos etapas.
La primera fue el realineamiento de los blancos del Sur. El Partido Republicano, como respuesta a las políticas de derechos civiles de los demócratas, buscó atraer a los votantes blancos descontentos con las transformaciones políticas y raciales. Esto es lo que se conoce como Southern Strategy. De acuerdo con Alan Abramowitz y Ruy Teixeira, mientras que el 76% de los blancos de bajo nivel socioeconómico del Sur se identificaba con el Partido Demócrata durante los años sesenta, ese porcentaje había caído al 42% a comienzos de los 2000. Fuera del Sur, en cambio, los trabajadores blancos mantuvieron una relación bastante más estable con el Partido Demócrata.
La segunda etapa ocurrió más recientemente, en particular durante la década de 2010. La principal novedad de la elección presidencial de 2016 fue que Trump consiguió atraer a una porción importante de los blancos de clase trabajadora de los estados industriales del Midwest, que habían sido fundamentales para la coalición demócrata y que, en muchos casos, todavía habían votado por Obama 4 años antes.
El resultado de estos procesos es una profunda polarización educativa de la política estadounidense. El nivel educativo se convirtió en uno de los principales predictores del voto, y los blancos sin título universitario se transformaron en uno de los principales pilares electorales del Partido Republicano.
Sin embargo, la transformación no fue solamente electoral. También cambió el equilibrio de poder dentro del Partido Republicano y, con esto, su agenda programática. Históricamente, el partido estaba dominado por los llamados country-club Republicans, una dirigencia estrechamente vinculada al establishment económico, que defendía una agenda relativamente coherente de bajos impuestos, menor gasto público, desregulación y apertura comercial.
La creciente centralidad de los votantes de clase trabajadora introdujo nuevas demandas, particularmente de protección frente a la competencia extranjera, defensa de la industria nacional y preservación de ciertos programas sociales. Esto produjo un giro muy importante en la agenda republicana. De todos modos, el partido no abandonó completamente su agenda tradicional: la reducción de impuestos y la desregulación siguen ocupando un lugar central.
Por eso, me cuesta imaginar que el Partido Republicano simplemente vuelva a ser el partido que era antes de Trump. Por un lado, es difícil pensar que nuevos liderazgos republicanos puedan prescindir de estos votantes. Creo que J.D. Vance busca posicionarse como heredero político de Trump, mientras que Ron DeSantis intentó sin éxito ofrecer una versión del trumpismo sin Trump. Otros seguramente intentarán seguir esa misma senda. Y, por otro lado, también es difícil pensar que estos sectores representados por MAGA acepten silenciosamente volver a ocupar el asiento de atrás, mientras el establishment económico recupera el control de la agenda del partido.
Lo que sí está por verse es qué forma va a adoptar ese movimiento después de Trump. Su liderazgo tiene un componente personalista muy importante, y no está claro que otro dirigente pueda reproducir esa conexión con sus votantes. MAGA representa un conjunto de transformaciones políticas y sociales que van mucho más allá del liderazgo de Trump y que no desaparecerán simplemente porque él deje la Casa Blanca.
JD Vance junto a Trump
-¿Cómo analiza la relación entre Argentina y EE.UU.? El gobierno de Milei apuesta muy fuerte por afianzar sus vínculos con el de Trump pese a que no podrá ser reelecto. ¿Es beneficioso esto para el país? Incluso da la sensación de que, si hubiese otro presidente, Milei se mantendría más distante.
Trump es uno de los apoyos políticos más importantes del gobierno de Milei, posiblemente el más importante de todos.
Hoy parece historia antigua, pero Washington rescató dos veces a Milei durante el año pasado. Primero, en abril, intervino directamente para conseguir que el directorio del FMI aprobara un nuevo Programa de Facilidades Extendidas por US$ 20.000 millones. Esto le dio algunos meses de aire al gobierno. El segundo rescate fue bilateral. En octubre, Scott Bessent anunció un swap por otros US$ 20.000 millones a través del Fondo de Estabilización Cambiaria del Tesoro estadounidense. La intervención detuvo una corrida justo antes de las elecciones legislativas, pero además señalizó la disposición de Washington a volver a intervenir en el futuro.
Paralelamente al rescate económico, en octubre hubo un rescate político. Barry Bennett, un representante informal de Trump, desembarcó en Buenos Aires para reunirse no solamente con funcionarios del gobierno, sino también con dirigentes de distintos sectores políticos, buscando consolidar el apoyo legislativo a Milei antes de las elecciones.
El gobierno estadounidense está decidido a sostener esta relación. Peter Lamelas, el embajador de Trump en la Argentina, fue muy transparente en Expo Oil & Gas en Neuquén. Por un lado, reafirmó el compromiso económico y político con Milei; pero, por otro, dejó en claro que ese apoyo es sólo para Milei: “Estamos apoyando a este gobierno, el gobierno de Milei, y al pueblo argentino si va en el rumbo correcto; el rumbo es hacia la derecha, no hacia la izquierda”.
Milei no estaría hoy donde está sin el apoyo de Trump. Eso lo sabe, y también lo sabe Trump. Y todo esto ocurre en un contexto en el que EE.UU. se retrae de sus compromisos globales, lo que se corresponde con un mayor control sobre el hemisferio occidental, del que espera un alineamiento total. Bernabé Malacalza hace unos días, a propósito de la abstención argentina en la ONU en una resolución sobre la erradicación del colonialismo, decía que hoy es más preciso hablar de “delegación” que de “alineamiento” en política exterior.
Creo que la dimensión personal ocupa un lugar muy importante en esta relación. De un lado, Milei apoyó a Trump incluso cuando muchos lo daban por muerto después de su primer mandato. Trump seguramente vea en él alguien que será siempre obediente a su liderazgo político. Del otro lado, creo que Milei genuinamente comparte la visión del mundo que representa Trump: un orden internacional con EE.UU. en el centro, un orden económico liderado por el gran capital y los grandes empresarios, un orden político conservador y un orden social jerárquico. Más allá de esa dimensión personal, no veo demasiadas razones para esperar un cambio profundo en la relación si J.D. Vance o Marco Rubio sucedieran a Trump. Ambos representan una continuidad de su política hemisférica.
Milei y Trump
Sin embargo, el problema puede aparecer si, dentro de dos años, los republicanos pierden la Casa Blanca y Milei sigue en el gobierno. En ese caso, ¿va a primar en Milei su identificación ideológica con la derecha estadounidense, que podría llevarlo a distanciarse de una administración demócrata? ¿O va a primar su convicción de que la Argentina debe integrarse a un orden internacional liderado por EE.UU., independientemente de quién ocupe la Casa Blanca? Si Milei se ajusta al segundo guion, un eventual gobierno demócrata puede valorar su disposición a cooperar en cuestiones estratégicas, aun sin compartir sus posiciones ideológicas. Pero eso no significa que esté dispuesto a mantener el nivel extraordinario de intervención financiera que concedió Trump.
El reverso de la moneda de este apoyo es que la estabilidad económica argentina depende de la continuidad de una alianza política. Hace unos días Emmanuel Álvarez Agis decía: “Por primera vez en la historia, EE.UU. decidió que un gobierno argentino no tiene que devaluar”. El problema es que esa decisión depende de un respaldo político extraordinario, y si los mercados comienzan a dudar de que Washington esté dispuesto a intervenir nuevamente para sostener el peso ante una corrida cambiaria, esa incertidumbre puede trasladarse inmediatamente a la economía argentina.
En el corto plazo, uno puede preguntarse qué va a ocurrir si dentro de unos días los republicanos pierden el control del Congreso. No imagino un cambio en el apoyo de Trump, pero una derrota posiblemente reoriente sus prioridades y su atención. A más largo plazo, una derrota electoral de Milei no solamente implicaría un cambio de gobierno, sino también el retiro del auténtico garante del programa económico. Lamelas lo expresó con mucha claridad cuando, después de prometer financiamiento hasta las elecciones del próximo año, agregó: “Y vamos a ver lo que pasa después”.
En definitiva, el apoyo de Trump ha sido fundamental para la supervivencia del gobierno de Milei, pero no necesariamente para Argentina a largo plazo. El riesgo es que, por la condicionalidad política del apoyo financiero, lo que hoy es una fuente de estabilidad termine convirtiéndose en una fuente adicional de incertidumbre.
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Crédito de la fuente original: eleconomista.com.ar
