Utilice este título Putin no quiere la paz: las razones ocultas por las que necesita que la guerra en Ucrania continúe y cree en base a ese titulo original un titulo nuevo, preciso, comprensible y que no pierda relacion con el titulo original. Necesito que me devuelvas solo y nada mas que el titulo nuevo.
Tu tarea es utilizar
Cada tanto vuelve la misma escena. Un enviado especial desde EE.UU. se sienta con Putin durante horas, sale sin comunicado conjunto y se habla de conversaciones constructivas. Pasó hace dos semanas, cuando Witkoff y Kushner dejaron el Kremlin sin acuerdo. Volvió a pasar esta semana, cuando Zelenski se sentó con Trump en Nueva York, al margen de la Asamblea General de la ONU, y pidió aranceles más duros contra Rusia y garantías de defensa aérea para el invierno. Otra vez se habló de “pasos realmente serios” y, otra vez, no hubo ningún compromiso concreto. Ya había pasado en Alaska en agosto del año pasado con Trump, con la misma coreografía de sonrisas y el mismo silencio final. Cada vez que ocurre, algún medio titula que la paz está más cerca. No lo está. El único que puede parar esta guerra, Putin, no tiene ningún interés en hacerlo. Las razones no son un capricho del autócrata sino una arquitectura de intereses que hace de la guerra la opción menos mala para su propio régimen.
Empecemos por los confines y los pedidos rusos. Moscú pretende obtener en la mesa de negociación lo que no logró en el campo de batalla: el control total de Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón, las cuatro regiones que el Kremlin anexó por decreto en 2022 sin haberlas ocupado por completo. Es un pedido que equivale a pedirle a Ucrania que entregue por tratado lo que no le pudieron arrebatar con las armas. Kiev lleva casi cinco años defendiendo palmo a palmo esas provincias, con un costo humano altísimo, y no las va a regalar por tratado. Hay además un motivo militar muy concreto detrás del rechazo. Buena parte de esa línea corresponde al cinturón de fortificaciones que Ucrania construyó en el Donbás desde 2014, con ciudades como Sloviansk, Kramatorsk y Kostiantynivka funcionando como tapón defensivo. Entregar esa línea a los rusos sin haber sido derrotado en ella no sería un gesto de paz, sería abrir la autopista para que, en la próxima ronda, el ejército ruso llegue a Kiev en días y no en años.
Putin necesita la guerra. – EE
Pero el problema de fondo va más allá de un mapa. Desde que Putin llegó al poder no hubo prácticamente un año en el que su régimen no estuviera en guerra en algún lado. Empezó con la segunda guerra de Chechenia, que lo catapultó al Kremlin como el hombre capaz de restaurar el orden a sangre y fuego. Siguió con Georgia en 2008, con la anexión de Crimea y la guerra encubierta del Donbás desde 2014, con la intervención siria desde 2015 y con una presencia cada vez más visible en el norte y el centro de África a través de mercenarios que operaban bajo el nombre del Wagner Group pero responden al mismo Estado ruso. La guerra en Ucrania desde 2022 no es una anomalía. Es la continuación más grande del esfuerzo bélico ruso. Un Putin sin frente abierto es, en algún sentido, un Putin sin guion.
A esto se suma un problema más práctico. Cinco años de guerra transformaron a la economía rusa en una economía de guerra, con el gasto militar devorando una porción creciente del presupuesto y fábricas reconvertidas a la producción de proyectiles y drones. Frenar la guerra de un día para el otro no devolvería a Rusia a la economía de 2021. La obligaría a reconvertir de golpe un aparato productivo diseñado para un solo cliente, el ministerio de la defensa. Cientos de miles de soldados que hoy combaten volverían a sus pueblos para descubrir que no hay trabajo, y esa combinación de desmovilización sin empleo es exactamente el tipo de tensión social que ninguno en el Kremlin quiere administrar en simultáneo con una economía en plena reconversión.
Tampoco se puede que Rusia podría volver a vender gas como antes. El gasoducto que la unía con Alemania por debajo del Báltico fue volado en los primeros meses de la guerra y los fiscales alemanes atribuyen la operación a un comando ucraniano. Ese caño ya no existe, y con él desapareció buena parte de la vieja interdependencia energética que durante dos décadas hizo rentable la relación europea con Moscú . Después de cinco años de guerra en el continente lo más difícil de reconstruir es la confianza. Además, Alemania acaba de acusar formalmente a la inteligencia militar rusa de estar detrás del incidente con drones en el aeropuerto de Leipzig, un episodio que sigue dominando el debate público alemán semanas después. No es un hecho aislado: entra en la categoría que en Bruselas y en Berlín ya se llama sin eufemismos guerra híbrida, con cables submarinos cortados, aeropuertos paralizados por drones y sabotajes en cadenas de suministro.
En ese contexto no existe hoy un líder de un país europeo grande dispuesto a volver a darle la mano a Putin. No solo por el costo moral de estrechar una mano manchada de sangre, sino por cómo quedaría esa foto en los libros de historia. El fantasma que sobrevuela cualquier cancillería europea es el mismo desde 1938: Chamberlain volviendo de Múnich con un papel firmado por Hitler y la promesa de una paz que duró menos de un año. Ningún primer ministro ni canciller quiere ser el Chamberlain de esta guerra. A esta altura, ningún primer ministro europeo confía en Putin.
Y hay una razón todavía más fría. Con Putin en el poder, la paz en Ucrania sería una pésima noticia para Europa. Si la maquinaria bélica rusa deja de tener a Ucrania como destino, necesita un objetivo nuevo para seguir justificando su propia existencia, y el candidato natural es algún país de la OTAN bajo la excusa ya ensayada de proteger a una supuesta minoría rusa. Por eso los gobiernos europeos siguen dispuestos a financiar el esfuerzo bélico ucraniano .
- Primero porque son los ucranianos quienes lo piden.
- Segundo, porque para los gobiernos europeos resulta más barato y menos arriesgado contener a Rusia con el ejército ucraniano que hacerlo directamente con tropas europeas.
- Y tercero, porque Ucrania acumula una experiencia de combate que ningún otro ejército europeo posee, especialmente en drones, guerra electrónica y defensa. Que esa tecnología no termine en manos rusas es, para cualquier ministro de Defensa europeo, una prioridad absoluta.
Frente a esta doble pared vuelve una frase que Joe Biden dejó escapar en Varsovia semanas después de que se conocieran las imágenes de Bucha, cuando un ejército ruso frustrado por no haber tomado Kiev en tres días como había prometido dejaba atrás fosas comunes y violencias inimaginables en Europa. “This man cannot remain in power” (este hombre no puede seguir en el poder).
Es algo que Putin probablemente sabe mejor que nadie. Una paz cerraría la guerra, pero abriría para él un problema mucho más peligroso: responder ante el mundo y los propios rusos por una guerra que dejó cientos de miles de muertos y heridos. La desmovilización, la reconversión de la economía y el regreso de cientos de miles de soldados a sus ciudades podrían convertir el fin de la guerra en un problema social capaz de amenazar al mismo Putin. Y, aun si lograra atravesar ese proceso, Putin ya no recuperaría los vínculos económicos, energéticos y políticos con Europa. La guerra rompió algo que una firma de paz no puede reconstruir.
Por eso, para Putin, la paz no es la salida de la guerra sino el comienzo de su propio problema. Mientras si la guerra continua, contra Ucrania o la OTAN, puede justificar los sacrificios, mantener movilizada a la sociedad y presentar cualquier costo como parte de una batalla por la supervivencia de Rusia. Seguir combatiendo es, para él, la forma que tiene de seguir en el poder.
Seguí a El Economista en Google
Agreganos a tus medios preferidos.
+ Agregar
, interpretarlo y reescribir un artículo en un estilo editorial simple, seria, humanizada y dirigida a gente de la tercera edad que necesita comprender sin vocablos modernos o tecnológicos. Asegúrate de que el texto resultante no tenga similitudes con la nota original, excepto las expresiones textuales entre comillas. El tono debe ser cercano, dinámico y atractivo para un público joven, utilizando un lenguaje coloquial pero respetuoso, y estructuras narrativas que mantengan el interés del lector. Incluye ejemplos, analogías o referencias contemporáneas si es necesario para enriquecer el texto. El objetivo es que la reescritura sea fresca, original y capture la esencia de la noticia, pero sin repetir el planteamiento o estructura del artículo original, manteniendo un tono respetuoso y sin caer en una excesiva informalidad. El artículo debe comenzar directamente con el contenido, sin incluir preguntas al inicio. Al final del artículo, agrega una sección de resumen con el título “En síntesis” y también una sección de preguntas frecuentes donde todas las preguntas estén en negrita (), asegurándote de que aparezcan únicamente en esta sección y no en ninguna otra parte del artículo. Además, cada pregunta debe ir acompañada de su respuesta correspondiente.
Crédito de la fuente original: eleconomista.com.ar
