04/02/2026

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Cuba tiene una mística especial entre muchos viajeros. Y no por el sosiego de sus playas pintadas color turquesa o por esa sensación de viajar en el tiempo al ver algunas de sus ciudades emblemáticas. Hablamos de un país que se encuentra atravesado transversalmente por una situación social y económica muy compleja. Y aún así sigue de pie. Por el carácter de su gente, su valor cultural e histórico y lo variopinto que es como destino.

El primer contacto visual es con una de las estampas más icónicas de la isla: la marea de autos antiguos que inunda La Habana, la capital. Por su historia, entendemos que no es tan fuera de lo común encontrarse con la imagen reluciente de un Mercury Monterrey 1955 sin un rasguño. Lo único que brilla en medio de una oscuridad naciente por la madrugada es un auto clásico que se pierde entre árboles aledaños al aeropuerto José Martí.

Y como ese la mayoría: Chevrolets, Dodges, Fords y Cadillacs de los años 30, 40 y 50 son marca registrada de Cuba y de un bloqueo norteamericano que convirtió a los mecánicos en magos. Esta flota de “almendrones” sobrevive gracias al ingenio cubano: sistema de frenos adaptados, motores de autos soviéticos o asiáticos y piezas de camiones permiten que estos autos se mantengan como el principal transporte turístico de la isla. “La parte nacional es la vara que usamos para sostener el capó”, chicanea el conductor.

El casco histórico de La Habana

Un cartel irrumpe en plena ruta antes de comenzar la expedición por La Habana. A los interesados y amantes de la historia se nos eriza la piel. La leyenda “tumba el bloqueo” y la caricatura de un matón con los colores estadounidenses dan pista del relato cubano sobre la crisis.

Además, Fidel Castro y el Che Guevara son presencias constantes en charlas con la gente durante el viaje. Desde quienes no paran de ofrecer monedas del argentino hasta la anécdota de un señor humilde que se refiere a Fidel como “papá” y asegura con absoluta convicción que si él estuviera vivo, no estarían atravesando la crisis actual.

La travesía encara por el Malecón, ese paseo marítimo de ocho kilómetros donde atravesamos la ciudad bordeando agua y acompañamos las marcas de los procesos históricos con historias de amor y desencuentro.

“No hay habanero que no se haya enamorado en ese muro”, dice un vecino.

Su construcción inició en 1901 y tomó cerca de 50 años en completarse, es mucho más que una defensa contra el mar. Al caer la tarde, la brisa le gana al calor agobiante y el muro se convierte en un centro social a cielo abierto donde guitarristas, pescadores, turistas y comerciantes ambulantes conviven entre sí.

Esa bohemia tiñe el casco histórico y las calles de La Habana Vieja, tan despintada como pintoresca e ideal para caminar. Es un recorrido que se puede hacer perfectamente a pie en pocas horas y permite conectar las cuatro plazas principales, cada una con un alma distinta.

La Plaza de Armas es la más antigua, rodeada de ceibas y custodiada por una estatua de Manuel de Céspedes; la Plaza de la Catedral, con su fachada de piedra coralina que parece una joya barroca; la Plaza de San Francisco de Asís, frente al puerto y con leones de mármol; y la Plaza Vieja, la más colorida y colonial.

La arquitectura barroca del Convento San Francisco de Asís convive con el edificio del ex correo central (actual hotel Palacio de los Corredores) y alguna cafetería modesta.

El verano eterno de Cuba no impide que disfrutemos de esas cuadras musicalizadas por las canciones de artistas callejeros que llenan de salsa y boleros las esquinas. Claro que esperan una propina que los recompense, situación que se repite varias veces con vendedores ambulantes o mendigos y puede llegar a ser un poco abrumadora.

También sentimos el sabor de Cuba a través de su ron en bares que son templos culturales. La Bodeguita del Medio nos recibe con sus paredes completamente escritas sobre una calle angosta, tradición que invita a cualquier turista a dejar su firma en los muros que alguna vez albergaron a Pablo Neruda o Salvador Allende.

A diez minutos a pie, está el bar Floridita, donde una estatua de bronce del escritor Ernest Hemingway se apoya sobre la barra. Es que él era habitué de este lugar, que sirve tragos a ritmo de música en vivo desde temprano.

Del bosque a la Plaza de la Revolución en auto clásico

La casi nula frecuencia de la guagua, el transporte público cubano, hace que la recorrida pase a auto clásico descapotable que, sin lugar a dudas, vale los 40 dólares que sale. Así es como pasamos por lugares importantes como la Universidad de La Habana o el imponente Capitolio, en desuso post triunfo de la Revolución.

También logramos observar el máximo esplendor de la capital desde la vista panorámica que ofrece el Castillo de los Tres Reyes del Morro, ubicado en la entrada de la bahía.

En menos de una hora en auto, el paisaje urbano cambia y nos adentramos en el Bosque de La Habana, templo para la santería, que no tiene iglesias ni espacios físicos.

Desde la orilla del río, vemos cómo dos personas sacrifican una gallina para “ofrecérsela a los dioses”, ritual que se suele dar los días domingo. De esa manera, conocemos más sobre la espiritualidad de la isla marcada por el sincretismo: un cubano puede profesar la religión afrocubana y ser católico a la vez.

La Habana también produce sentimientos encontrados. La amabilidad y nobleza de su gente no condice con las profundas dificultades que tienen para vivir. En algunos pasajes de la ciudad hay basura, por la falta de combustible en la isla para los camiones recolectores, avistados al costado de la ruta desde nuestro trayecto.

“Venezuela es nuestra principal fuente de petróleo y ahora no está en su mejor momento”, explicaba nuestro guía, semanas antes de la detención de Nicolás Maduro.

El guía es un hombre sumamente formado: traductor que trabajó en la Unión Soviética y domina varios idiomas, pero que hoy carga con el pesar de haber dormido poco, culpa del calor y la falta de luz recurrente en su hogar. Aún así, maneja una predisposición inmejorable para hacernos sentir a gusto en nuestro viaje y lo hace notar cada vez que puede.

Luego de tomarnos la foto tradicional frente a la imponente imagen de Ernesto Che Guevara en la Plaza de la Revolución y de impresionarnos con las historias y letras de José Martí delante de su monumento, llegó la parte de emprender unas cinco horitas de viaje en transfer para cruzar hacia el noroeste de la isla. “Vas bien, Fidel”, se lee al costado del rostro de Camilo Cienfuegos en la plaza. Frase que nació en enero de 1959, durante el primer discurso del líder en La Habana, cuando este interrumpió para preguntarle a su compañero Camilo si su mensaje estaba llegando bien al pueblo.

Así marcamos nuestra salida hacia la otra cara de la moneda: las tan famosas playas paradisíacas.

San Juan de los Remedios y la playa de Cayo Santa María

En el camino, una hora ates de llegar a las playas, paramos en una pequeña ciudad que nació en el 1500: San Juan de los Remedios.

Una orquesta sinfónica musicaliza la tarde desde el centro de la plaza principal mientras recorremos las dos iglesias que la bordean, conocemos sus tradiciones de parrandas en fiestas de fin de año y transitamos varias de sus calles calmas y despintadas.

Finalmente, llegamos a Cayo Santa María, ubicado al noroeste de la isla, en la provincia de Villa Clara. Se trata de una pequeña isla con playas de poca profundidad y arenas blanquísimas.

A diferencia de Varadero, que es la playa más conocida y concurrida de Cuba por su cercanía a La Habana, este lugar ofrece una experiencia más exclusiva. En el hotel all inclusive, la realidad es diferente. El wifi funciona con normalidad y no sufrimos cortes de luz. Tampoco requerimos de mucha caminata porque ahí está todo: piletas gigantescas, gimnasio, spa, barbería, tienda de regalos, bares y restaurantes.

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Playas de arena blanca, aguas sin sargazo y hoteles all inclusive que condensan el espíritu caribeño.

Se nota el esfuerzo de las grandes cadenas hoteleras por mantener la cultura local en murales trazados sobre los edificios o a través de los artistas que tocan mientras coqueteamos con la gastronomía cubana durante el almuerzo. Degustamos desde el clásico “moros y cristianos” (arroz y frijoles negros) hasta langosta fresca y frutas tropicales, entre otros. Aunque también hay opciones clásicas para quienes no se animan a probar tanto: carnes, pastas, quesos y fiambres.

Más allá de la vida de playa, aquí se pueden organizar actividades alternativas como paseos en catamarán o nado con delfines.

También hay cata de habanos con guía: en un abiente climatizado, se aprende el arte del encendido con fósforos de madera, el corte preciso y el maridaje con café cubano o rones añejos.

La experiencia en Cayo Santa María se completa en detalles como caminar hacia la playa y encontrar la barra frente al mar, donde el barman prepara mojitos y tragos sin descanso para quienes buscan refrescarse sin salir mucho del agua.

Los camastros -esos colchones sobre camas de madera con techos abiertos o de paja o tela- se vuelven el refugio perfecto para leer o simplemente descansar. También hay reposeras, sombrillas y mesas para los huéspedes.

La playa es todo lo que promete un destino así. Agua serena, transparente, cálida y sin sargazo, acompañada de una arena blanca y fina que contrasta con los distintos matices de azul caribeño.

Perfecta para quienes amamos perder los pies hundidos en la orilla. Es momento de refrescarse con el trago tradicional de la isla, pegarse un chapuzón y aprovechar el paraíso para olvidar la noción del tiempo, al menos por un rato.

Cómo llegar a Cuba

Hay vuelos de Buenos Aires a La Habana o a Santa Clara con Copa Airlines, que cuestan alrededor de 800 dólares, con escala en Panamá donde, además, se puede hacer stopover en Ciudad de Panamá..

Dónde alojarse

Gaviota Hoteles orece distintas opciones en Cuba. En La Habana, una noche en el hotel Palacio de Los Corredores cuesta 120 dólares para dos personas, con desayuno. En Cayo Santa María, un all inclusive como The One Gallery cuesta 220 dólares por noche para dos.

Cuánto cuesta

  • Un paseo en auto clásico ronda alrededor de los 40 dólares.
  • La visita al pueblo de Remedios desde Cayo Santa María cuesta 69 dólares.
  • Una cata de habanos, 45 dólares
  • Es recomendable llevar dólares en efectivo y tener cambio para propinas.

Atención: cuánto cuesta y cómo se saca la visa para ingresar a Cuba

Para visitar Cuba hay que pedir una visa turística con un trámite 100% online. Se puede solicitar por la web evisacuba.cu. Hay que ingresar vuelos y lugar de hospedaje. Cuesta $ 34.000 y el trámite demora 48 horas. Además, al pasar por Migraciones hay que completar un formulario.

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Crédito de la fuente original: www.clarin.com

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