10/03/2026

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¿Por qué vos te salvaste? Una pregunta vigente

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En algún momento, la guionista y periodista Teresa Donato le contó a una amiga que trabajaba en un libro sobre la vida de una exmilitante montonera sobreviviente de un campo clandestino de detención, tras ser secuestrada, torturada y violada. La mujer, con la ayuda de su captor, había logrado exiliarse. “Leila Guerriero está haciendo lo mismo”, le respondió su conocida.

El recorrido de La llamada (Anagrama), el libro de Guerriero, fue impactante: más de quince ediciones en España y América Latina, decenas de entrevistas y alguna que otra polémica. Ahora es el turno de Desaparecida dos veces (Seix Barral), la reconstrucción de la vida de Ana María Massochi, que ya fue abordada por Donato en la obra de teatro Mi vida anterior (con dirección y actuación de Dennis Smith) y para la cual la autora anhela: “Lo que sueño que pase es que llegue a la gente”.

–¿Qué pensabas que iba a pasar con el libro y qué ibas viendo que pasa?

–Bueno, no tenía la expectativa de vender un millón de ejemplares. Lo que sí me emociona muchísimo es que la gente que vio la obra quiere seguir sabiendo más sobre esta historia. Y, por eso, espero llegar a los corazones con el libro de la misma manera que pasó con el teatro, de a poco, con quien lo compró y lo presta, o con quien lo compró para mandárselo a un amigo. Me gustaría que llegue a las manos de los que pasaron situaciones como la de Ana porque veo que vienen al teatro y salen muy conmocionados, nos cuentan sus propias historias, recuerdan a quienes murieron antes de tiempo por un cáncer o nos dicen: ‘Gracias por reivindicar a mi mamá’.

–Luego de varios años de amistad con Ana María Massochi, ella te pide que escribas su historia. ¿De qué manera se articularon la obra de teatro y el libro?

–Durante los tres años que la escuchaba, pensaba que ella me contaba su historia a mí porque yo no formaba parte de su realidad. Vivo a miles de kilómetros de San Pablo, no formo parte de su círculo social y no iba a desparramarlo en su ámbito. Pero confieso que, siendo escritora, por adentro me decía: “Yo quiero contar esto”. Pero nunca se lo dije ni tampoco le hice preguntas. Entonces, un día me propuso: “Mi hijo Carlitos me pide que le cuente mi historia y me pidió que escribiera un libro. ¿Lo harías vos?”. Acepté en el momento. Y siempre la idea era ese libro. Pero en 2022, en mi cumpleaños, comenté esto con una amiga y, después de escuchar el proyecto, me dijo: “Vos tenés que hacer una obra de teatro”. Así es que edité la montaña de entrevistas desgrabadas, extrayendo lo que me parecía que podía ir a la obra, algo que me había dicho su hijo o que me había dicho ella, y empecé a trabajar con Dennis.

–Y el libro también avanzaba en paralelo. Además de esas entrevistas, vos decidiste hacer un trabajo de investigación, confirmaste datos, corroboraste y corregiste informaciones que Ana aportaba. ¿Por qué no contar solo lo que ella recordaba?

–Tengo un tema con la verdad y la justicia en todos los ámbitos, no solo en el tema de los derechos humanos, y quería estar segura de lo que contaba. Pero, además, hubo aspectos que tuve que confrontar con ella. Por ejemplo, siempre dio por sentado que estuvo detenida en determinado centro clandestino, pero descubrí que no era ese el lugar. Cuando se lo planteé, fue un momento difícil porque implica revisar su propia historia y la verdad que yo recibía. Lo reflejé en el libro porque son temas a los que uno se enfrenta cuando va a revisar la memoria de alguien que vivió en el silencio tanto tiempo.

–¿La familia fue descubriendo la historia de Ana María a través de la obra y del libro?

–Los hermanos sabían que ella era militante y que estuvo secuestrada. No tenían más detalles. Y, por eso, cuando pasaron las cosas que pasaron, pensaron que el responsable era el marido, Jorge Livieres, mientras que ella era una inocente muchacha correntina. No lo era. Pero en el libro, ni ella ni yo hacemos hincapié en los detalles de lo que fue la tortura, por ejemplo, porque no era algo que quisiéramos. Lo que buscaba era mostrar la cotidianidad de una mujer secuestrada y con militancia política; es una situación muy compleja. ¿Cómo se hace para vivir con miedo? ¿Cómo se vive escondiéndose? Y más tarde, porque estas mujeres y estos hombres salían, pero no estaban libres porque seguían recibiendo las visitas, las llamadas, el control. Ella estaba instalada en el centro neurálgico del Plan Cóndor.

–¿De qué manera fue cambiando tu mirada sobre las mujeres sobrevivientes de la dictadura sobre las que, durante mucho tiempo, cayó la sospecha: “Si salió viva es porque entregó a alguien”?

–Cuando yo tenía 16 años, todavía estábamos en dictadura y recuerdo esos comentarios: “Cuidado con fulano, que es service”, o también situaciones en las que veías a alguien por la calle y escondías la cabeza para que no te detectara. En ese momento, no podías juzgar esas actitudes porque era cierto que largaban a algunos detenidos para marcar gente. Pero también recuerdo otra cosa: mi hermano se puso de novio con Lucila, hija de una víctima de todo eso, Mario Bigatti, el gordo, que estuvo en la ESMA y que murió de cáncer muy joven. A Bigatti lo sacaban para ver quién lo saludaba en la calle. En ese momento, no entendíamos qué significaba eso. De hecho, en el libro estoy hablando de una mujer que se salvó, de una mujer que tuvo sexo con un militar, como si ella hubiera podido elegir. Una de las cosas que también me pone contenta del libro es estar aportando un granito de arena para esa discusión.

–Debe ser difícil para Ana.

–Para Ana es lo más fuerte de todo. Es lo que más le incomoda. Una vez, le dije: “Yo siento que esto es una especie de reivindicación para vos”. Y ella me respondió: “Para mí, es una especie de perdón”. Me gustaría que tuviéramos una sociedad que sea capaz de desarrollar otros parámetros para mirar lo sucedido y para reivindicar a los que se salvaron, porque ellos también le han salvado la vida a otra gente. Es el caso de Ana y el de otros tantos. Porque también el gordo Bigatti, cuando caminaba, miraba el piso para que nadie lo viera y temblaba cuando alguien se le acercaba. Hay que ponerse en esos zapatos.

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Crédito de la fuente original: www.clarin.com

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