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Cuando el sábado el árbitro Gonzalo Creimermann dé la orden de comenzar el partido entre Berazategui y Luján, por la primera final por el ascenso a Primera B, Leonel Miranda confirmará eso que suele decirse: la vida siempre da revancha.
La de Miranda será personal, pero se conjugará con la de los hinchas del Naranja, que sueñan con el ascenso. Ser campeones y subir de categoría. Lo mismo quieren los de Luján. De eso se trata una final. Pero lo que jugará Miranda será, además, un desquite.
Cuando en 2012 le tocó salir del cascarón de las Inferiores y se convirtió en futbolista profesional de Independiente, se puso en boca de todos. Lo que se dice, era una promesa. Se instaló en el equipo titular y rápidamente empezó a sonar como pretendido por clubes de otros países. Pero el camino que se le abrió -o al menos el que imaginó- fue muy distinto.
Su primera visa de trabajo fue para el entonces poco habitual fútbol norteamericano: fichó para Houston Dynamo, de la MLS. Tras una temporada en esa liga regresó a la Argentina, pero recaló en Defensa y Justicia. Ya no se hablaba de él como cuando lo rotulaban como una promesa. El siguiente paso fue corto, pero también en una marquesina menor: la del fútbol mexicano, con la camiseta de Tijuana.
Hasta allí, nada extraordinario para un futbolista de elite, pero tampoco despreciable: un trabajo muy bien pago en distintas ligas del mundo, mientras transitaba la ruta trazada por su representante, Christian Bragarnik. Volvió a Independiente al finalizar sus préstamos, hasta que Racing se sumó a su recorrido. Y explotó en el otro club de Avellaneda para dejar en el pasado a su clásico rival, nada menos que aquel del que había surgido.
Durante su paso por Racing ganó dos títulos: el Trofeo de Campeones de 2022 y la Supercopa Internacional de 2023. Justo ahí, en el punto más alto de su carrera, conoció el otro costado posible del fútbol: el de la desgracia. Se rompió el ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda. Así dicho, una de las lesiones graves más frecuentes entre los deportistas. Pero para Miranda significó mucho más. Fueron ocho meses de recuperación para la pierna, pero muchos más para la cabeza. Miranda se derrumbó anímicamente. En 2024 dejó Racing y empezó un derrotero que terminó por sacarlo del fútbol grande.
“Hice un tratamiento psiquiátrico después de la lesión. La pasé mal, fue muy difícil para mí… Me sentía inservible. No podía jugar a la pelota con mi hijo, no podía ir a la plaza y correr con él… Era como que empezaba a caerme la vida encima. También cuando pasa eso tenés tiempo para vos, empezás a pensar y cuando te querés acordar lo que hay en el interior de uno mismo te das cuentas que estás hecho mierda. Y no sólo son problemas de ahora; son cosas que uno arrastra desde la infancia”, le contó a Infobae a comienzos de año.
Recuperado y con el alta médica, pasó por Tigre, después por Banfield y, por primera vez, jugó en la Primera Nacional como refuerzo de San Telmo. Después, nada. Sin club y sin fútbol, volvió a estar en boca de todos por un video suyo que se viralizó. No jugaba a la pelota, sino que aparecía vendiendo un anillo de oro en su barrio, Villa Tranquila. Mientras tanto, se entrenaba por su cuenta en un gimnasio de Lanús y practicaba en una canchita de Avellaneda que le prestaba un amigo.
En realidad, después contó que el anillo nunca estuvo en venta: el supuesto comprador era un amigo y la idea había sido promocionar un emprendimiento de compraventa de oro. Pero la viralización del video alimentó versiones que aseguraban que se desprendía del anillo para comprar droga o que necesitaba el efectivo para comer. Hasta que decidió bajar la publicación por los comentarios que recibía.
Ahora buscará dar el primer paso hacia el ascenso con Berazategui, el primer club que confió en él después de quedar libre. Pero, principalmente, intentará aprovechar esa revancha que la vida, a veces, suele ofrecer.
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