04/10/2026

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Hay canciones que parecen haber nacido para convertirse en clásicos. Por su belleza, por lo que cuentan, por el momento en que aparecen o simplemente porque detrás de ellas hay artistas capaces de transformar unas pocas notas en algo que queda para siempre. Pero cuando una canción alcanza ese lugar, también puede quedar bajo la lupa: ¿de dónde salió esa melodía?, ¿ese riff ya existía?, ¿cuánto hay de auténtica inspiración?

A lo largo de la historia del rock, varias canciones famosas fueron cuestionadas por su parecido con otras y, en algunos casos, las acusaciones de plagio terminaron siendo confirmadas por la Justicia o reconocidas por sus propios autores.

Uno de los casos más famosos tiene como protagonista a George Harrison. En 1970, el ex Beatle lanzó My Sweet Lord (Mi dulce señor), que se convirtió rápidamente en un éxito mundial y terminó siendo la canción más conocida de su carrera solista. Pero un año después reapareció un tema que hacía que todo sonara demasiado familiar.

Se trataba de He’s So Fine, un éxito compuesto por Ronald Mack y grabado por The Chiffons en 1962. La similitud con My Sweet Lord no estaba en una frase aislada: un tribunal estadounidense encontró que ambas compartían una estructura melódica y armónica prácticamente idéntica.

My Sweet Lord vs. He’s So Fine

En 1971, Bright Tunes Music Corp., que administraba los derechos de He’s So Fine, demandó a Harrison y al sello discográfico Apple Records.

El conflicto se extendió durante varios años y, en 1976, el juez Richard Owen llegó a una conclusión: consideró que el plagio había sido inconsciente. Harrison no había utilizado deliberadamente la canción de The Chiffons, pero eso no impedía que existiera una infracción de derechos de autor.

¿Copiar a los Rolling Stones?

Si el caso de George Harrison mostró que una canción podía ser considerada un plagio aun sin intención consciente de copiar, la historia de The Verve demuestra que la frontera entre inspiración y apropiación puede ser todavía más complicada.

En 1997, la banda británica publicó Bitter Sweet Symphony, uno de los grandes éxitos de aquella década. Las cuerdas que sonaban en la canción eran el origen del problema.

The Verve había obtenido autorización para utilizar un fragmento de una versión orquestal de The Last Time, de The Rolling Stones, grabada por la Andrew Oldham Orchestra en 1965. Cuando Bitter Sweet Symphony se convirtió en un éxito mundial, apareció la disputa por los derechos de composición y la banda terminó enfrentándose a Allen Klein, el empresario que controlaba los derechos de las canciones de los Rolling Stones.

Mick Jagger y Keith Richards fueron incorporados a los créditos de composición y The Verve tuvo que ceder las regalías de la canción.

La situación recién cambió en 2019, cuando Jagger y Richards cedieron a Ashcroft sus derechos sobre la canción y renunciaron a las regalías futuras.

Y hay algo curioso: Bitter Sweet Symphony ni siquiera era una copia directa de The Last Time. Lo que había utilizado The Verve era la versión orquestal de Andrew Oldham.

El himno de Radiohead

Dentro del rock británico hay otro caso de un mega éxito: Creep, de Radiohead, también afrontó una demanda y el conflicto logró resolverse.

Cuando la banda liderada por Thom Yorke publicó la canción en 1992, no tardó en convertirse en uno de los mayores himnos de la época. Pero detrás de una de sus características más reconocibles había un tema anterior.

La progresión de acordes y parte de la melodía de Creep guardaban un parecido evidente con The Air That I Breathe, escrita por Albert Hammond y Mike Hazlewood y convertida en un éxito por The Hollies en 1974. La similitud tampoco pasó inadvertida para la propia banda: durante la grabación, el guitarrista Ed O’Brien señaló que aquella secuencia de acordes le resultaba familiar.

Creep & The Air That I Breathe Mashup

El editor de The Air That I Breathe, Rondor Music, inició acciones legales contra Radiohead y el grupo terminó reconociendo los parecidos. Hammond explicó años después que los chicos de Abingdon habían sido honestos y que, por eso, él y Hazlewood aceptaron una participación pequeña en las regalías. Ambos fueron incorporados a los créditos como coautores de Creep.

El plagio a uno mismo

Pero el caso de John Fogerty llevó la discusión a un terreno todavía más insólito: ¿qué pasa cuando te acusan de plagiarte a vos mismo?

En 1985, el ex líder de Creedence Clearwater Revival lanzó The Old Man Down the Road, una canción que tenía varios elementos del sonido que había construido durante los años de Creedence: la voz áspera, el ritmo pantanoso y ese particular modo de construir melodías. El problema fue que, para quienes tenían los derechos de una de aquellas canciones, todo eso sonaba demasiado conocido.

Fantasy Records, que había adquirido los derechos de buena parte del catálogo de Creedence, demandó a Fogerty por considerar que The Old Man Down the Road era una copia de Run Through the Jungle, canción que él mismo había escrito y grabado con Creedence en 1970.

El caso llegó a juicio y Fogerty tuvo que demostrar que las dos canciones eran diferentes. Una de las imágenes más recordadas ocurrió cuando el músico se sentó con su guitarra frente al jurado y tocó fragmentos de ambas composiciones para explicar que utilizaba recursos similares porque formaban parte de su propio estilo, no porque estuviera copiando su obra anterior.

El jurado falló a favor de Fogerty. No había plagio.

El músico consiguió que la Corte Suprema de los Estados Unidos analizara si podía recuperar los gastos legales que había afrontado para defenderse. En 1994, el máximo tribunal falló a su favor y estableció que los tribunales debían aplicar el mismo criterio para conceder honorarios a quien defiende un copyright que a quien lo reclama.

Escalera al plagio

Y si Fogerty tuvo que defenderse de una canción que supuestamente se parecía demasiado a otra suya, Led Zeppelin tuvo que hacer lo propio por una de las introducciones de guitarra más famosas de la historia del rock.

Stairway to Heaven, la célebre Escalera al cielo publicada en 1971, es una de esas canciones que parecen haber existido siempre. La introducción acústica de Jimmy Page, el crecimiento progresivo y la explosión final la convirtieron en un clásico instantáneo.

Pero durante décadas hubo quienes señalaron una similitud entre esa introducción y Taurus, un instrumental compuesto por Randy Wolfe -más conocido como Randy California- para Spirit y publicado en 1968.

La demanda fue presentada en 2014 por Michael Skidmore, representante legal de los intereses de Randy California, fallecido en 1997.

Jimmy Page declaró que no recordaba haber escuchado Taurus antes de componer Stairway to Heaven, mientras que los abogados de Led Zeppelin sostuvieron que la progresión de acordes utilizada en ambas obras era un recurso musical ampliamente conocido.

El jurado falló a favor de Led Zeppelin en 2016 y, tras distintas apelaciones, la decisión quedó confirmada en 2020. Los tribunales consideraron que los elementos similares entre ambas canciones no eran suficientes para establecer una infracción de derechos de autor.

Aquí otro caso curioso. A Rod Stewart le ocurrió algo parecido que a George Harrison, pero con una diferencia fundamental: él mismo terminó reconociendo de dónde había sacado una melodía.

En 1978, el rubio cantante lanzó Do Ya Think I’m Sexy?, una canción que se metió de lleno en el sonido disco que dominaba las pistas de baile. Fue uno de los mayores éxitos de su carrera, pero también generó una acusación de plagio que lo llevó hasta una canción brasileña.

La melodía tenía un parecido evidente con Taj Mahal, una composición de Jorge Ben Jor publicada en 1972. Stewart había escuchado el tema durante un viaje a Brasil y, según reconoció posteriormente, aquella melodía quedó guardada en su memoria hasta reaparecer años después en su propia canción.

Taurus – Spirit / Stairway to Heaven

El músico admitió que había tomado elementos de la composición de manera inconsciente y acordó que parte de las regalías de Do Ya Think I’m Sexy? fueran destinadas a UNICEF.

Taj Mahal, mientras tanto, siguió siendo una canción fundamental dentro de la obra de Jorge Ben Jor, mientras que la versión de Stewart se convirtió en un éxito internacional.

Nirvana y el caso argentino

Y entonces aparece una de las preguntas más interesantes de todas: ¿cuántas canciones famosas escuchamos durante años sin saber que detrás de ellas había otra historia? Porque mientras algunos casos terminaron con demandas, acuerdos, créditos compartidos o fallos judiciales, otros quedaron suspendidos en un territorio mucho más difícil de comprobar. ¿Mito o realidad? A veces, lo único que queda es una canción, dos versiones de una misma historia y una pregunta que nunca terminó de encontrar respuesta.

Uno de esos casos ocurrió entre dos bandas separadas por miles de kilómetros y por mundos musicales aparentemente muy diferentes: Nirvana y Los Brujos.

La historia sostiene que Kurt Cobain conoció a la banda argentina durante la visita de Nirvana a Buenos Aires en 1992 y que quedó impactado por Kanishka, el gran hit de Los Brujos. Tiempo después, Nirvana publicó Very Ape, incluida en el álbum In Utero, y algunos oyentes argentinos encontraron un parecido entre el riff de ambas canciones.

Nirvana Very Ape VS Los Brujos Kanishka

Los propios integrantes de Los Brujos alimentaron durante años esa teoría y la historia se convirtió en una de esas leyendas que circulan dentro del rock argentino. Sin embargo, a diferencia de My Sweet Lord, Creep o Stairway to Heaven, nunca hubo una sentencia judicial que determinara que Cobain había plagiado Kanishka, ni una declaración del músico estadounidense que reconociera haber tomado el riff de la banda argentina.

Por eso, la historia permanece en ese lugar donde conviven la sospecha, el parecido musical y la memoria de quienes estuvieron ahí. Para algunos, la coincidencia es demasiado evidente como para ignorarla. Para otros, mientras no exista una prueba concreta o un reconocimiento de sus protagonistas, Very Ape y Kanishka pertenecen simplemente a esa enorme colección de canciones que pueden parecerse entre sí.

Y quizás ahí esté la verdadera paradoja de toda esta historia. El rock lleva más de medio siglo construyéndose a partir de influencias, homenajes, versiones, préstamos, samples y músicos que escucharon a otros antes de encontrar su propia voz. Algunas veces esa influencia termina en los tribunales; otras, en los créditos de un disco; y otras, simplemente queda flotando en el aire.

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Crédito de la fuente original: www.clarin.com

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