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Para Argentina, las elecciones presidenciales en Brasil, nuestro principal socio comercial, siempre son de gran relevancia. Sin embargo, en el actual contexto, lo son mucho más: al igual que la mayoría de los países de la región, el Gigante sudamericano atraviesa una clara polarización en términos políticos que, dependiendo quién gane, no solo generará un gran impacto a nivel local, sino también continental e, incluso, mundial.
El domingo, unos 158 millones de brasileños asistirán a las urnas para definir si Lula da Silva continúa en el poder o si Flávio Bolsonaro ocupará su lugar a partir de 2027: por el momento, las encuestas muestran que el líder del PT se impondría en la primera vuelta, aunque no alcanzaría el 50,01% necesario para ganar definitivamente. Por lo tanto, habría un balotaje el 25 de octubre en el que los sondeos proyectan un empate técnico.
Según una encuesta de Atlas, una de las últimas en publicarse, Lula obtendría el 45,3% de los votos en la primera ronda, contra el 42,2% de Bolsonaro. Aunque en el balotaje el líder del PT subiría hasta el 47,6%, mientras que el hijo del expresidente Jair hasta el 47,7%.
Más allá de las especulaciones, las elecciones serán seguidas muy de cerca por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que, tal como hizo con los comicios en Argentina, Chile o Colombia, ha intentado inclinar la balanza en favor de los representantes de la derecha.
Por su parte, tras una oleada de victorias electorales de derechas que arrasó América Latina en los últimos años (Milei en Argentina, Kast en Chile y De la Espriella en Colombia, entre otros), Lula buscará ser el primer líder oficialista de la región en ser reelecto por primera vez desde la pandemia.
Justamente, Lula ha intentado presentar a Flávio como un representante de un movimiento de derechas más amplio, compartiendo imágenes que vinculan al senador con Javier Milei, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y Donald Trump.
Incluso, el interés internacional por la contienda fue evidente durante la visita de Lula a Nueva York para participar en la Asamblea General de la ONU, donde se reunió con progresistas estadounidenses, el alcalde Zohran Mamdani y el senador Bernie Sanders.
Durante su discurso en Nueva York, Lula dijo que Brasil no permitiría que “enemigos internos y externos de la democracia” socaven la votación, que presentó como una elección entre “democracia y negacionismo”.
Lula junto a trump durante su encuentro en la Casa Blanca este año
“Todos los candidatos disfrutan de la libertad de expresión más amplia. Sabemos que algunos abusan de esa libertad para alinearse con intereses extranjeros que van en contra de los intereses del país”, dijo el líder izquierdista, sin nombrar a nadie, pero en clara referencia a Flávio.
“No permitiremos que los enemigos de la democracia, internos o externos, socaven la voluntad popular (…) Brasil no es el patio trasero de nadie. Una vez más estamos presenciando una interferencia externa en los procesos electorales“, aseguró.
Y las acusaciones parecen ser 100% reales: una delegación francesa y alemana viajó este mes a Brasilia y miembros de ABIN, la agencia de espionaje brasileña, les “confirmaron la existencia de interferencias tanto de Estados Unidos como de Rusia”, según un informe de las reuniones elaborado por un asistente.
La supuesta interferencia estadounidense abarcó “desde la ley hasta la interferencia abiertamente reconocida”, aseguraron los funcionarios de ABIN.
E incluso los aliados de Lula han expresado su preocupación acerca de que la administración Trump podría negarse a reconocer los resultados electorales si él ganase, señalando declaraciones del secretario de Estado Marco Rubio, quien culpó directamente a Lula del fracaso de las negociaciones comerciales que llevaron a aranceles más altos sobre los productos brasileños.
En esta línea, 31 demócratas en el Congreso, incluida la representante Alexandria Ocasio-Cortez, instaron a Rubio a respetar el resultado electoral de Brasil y expresaron “grave preocupación” por una “campaña sostenida y multifacética de interferencia y desestabilización en Brasil”.
Flávio junto a una foto de su padre Jair, quien está preso por intentar realziar un golpe de Estado contra Lula
Como siempre, es la economía…
Más allá de las cuestiones de política exterior, la realidad es que Flávio ha logrado recortar la distancia con Lula, a pesar del éxito del gobierno en la disminución de la desigualdad y el desempleo, y esto se debe al aumento del coste de la vida.
Casi la mitad de los brasileños afirma que la economía ha empeorado en el último año, según una encuesta de Quaest publicada en septiembre, frente a solo el 19% que afirma que la economía mejoró.
Dicha situación encuentra su explicación en que los precios de los alimentos y el aumento de la deuda han provocado que muchas familias no experimenten mejoras en su poder adquisitivo tras la pandemia (la inflación interanual bajó a 4,22% en agosto, pero repuntó a 4,47% a mediados de septiembre).
Por ejemplo, el servicio de la deuda de los hogares, excluyendo hipotecas, alcanzó un récord del 26,6% de los ingresos en junio, según datos de bancos centrales, ya que las fintech de rápido crecimiento ofrecían crédito fácil a tipos de interés elevados y un auge de las apuestas online absorbió miles de millones de reales de ingresos familiares.
Dicha carga se ha visto agravada por la tasa de referencia del 13,75% en Brasil, una de las tasas de interés reales más altas del mundo, que el Banco Central ha empezado a reducir gradualmente mientras contiene la inflación.
El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva.
Las propuestas de ambos bandos
Hace menos de dos semanas, Lula presentó medidas destinadas a aumentar la renta disponible, incluyendo un incremento del 15% en un programa histórico de bienestar social, que entrará en vigor antes de la segunda vuelta de las elecciones a finales de octubre. También anunció una orden ejecutiva que prohibía las apuestas online a partir del 6 de octubre.
Además, el equipo de Lula ha reiterado su compromiso de mejorar el balance principal de Brasil para lograr un superávit efectivo de aproximadamente el 1,3% del PIB para 2030, desde un déficit proyectado del 0,4% este año. El plan implica un ajuste fiscal gradual que, según los funcionarios, protegería los programas sociales.
Por su parte, los asesores de Bolsonaro prometieron un ajuste equivalente a aproximadamente el 1,5% del PIB en solo 18 meses, argumentando que el choque fiscal más agresivo reduciría los costes de endeudamiento a largo plazo en la mayor economía de América Latina.
Sin embargo, los expertos y economistas afirman que ambas estrategias se encuentran con el mismo obstáculo: el crecimiento del gasto obligatorio, especialmente en pensiones y prestaciones sociales, que ha ido reduciendo poco a poco el espacio para la inversión.
La deuda pública bruta de Brasil superó los 10 puntos porcentuales durante el mandato actual de Lula, alcanzando el 82,5% del PIB, mientras que el déficit nominal del país se sitúa en el 9,3% del PIB.
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Crédito de la fuente original: eleconomista.com.ar
